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Entrevista a Sergio Moreno

Después de un gran acontecimiento su vida familiar, Sergio Moreno encontró en el teatro una forma de sacar sus demonios, a través justamente de la historia de un demonio: Sión. Justo al inicio de su primer temporada en la Sala Experimental del Teatro de la Ciudad, tuve la oportunidad de entrevistarlo sobre su unipersonal

 

¿Cómo llegas a hacer Sión?

 

Ésta es la cuarta versión de lo que yo quería escribir, me tardé 2 años en hacerlo. Empecé a trabajarlo como un biodrama, a partir de unas entrevistas que hice con mis padres cuando estaban en vida. Les preguntaba sobre la familia, el árbol genealógico y todo esto. Me empezaron a contar muchas historias, muchas de las cuales tenían que ver con brujas, aparecidos, fantasmas, leyendas de sus lugares de origen (San Luis y Galeana), los cuales en aquel entonces eran lugares tenebrosos porque no tenían luz. Posterior a esta investigación, ellos fallecen y eso se sumó a otras cuestiones personales que afectaron mi vida, no solo en cuestión personal, sino en cuestión actoral. Afectaron tanto mi vida, mi conexión con la realidad que ya no pude hacer teatro, ya no podía entrar en personajes, estaba como sin ganas.

 

Recordé que cuando era más chavo, mi mamá estudiaba en una escuela bíblica. Después caí en cuenta que habíamos leído la biblia juntos. Dicen que infancia es destino. Entonces me puse a investigar sobre temas de ocultismo, mitología, el antiguo y el nuevo testamento. De repente me di cuenta que tenía que hacer algo con las cosas que habían pasado por mi vida, tenía que contar una historia.

 

Yo veía que mis compañeros hacían unipersonales y me entró la cosquilla de trabajar solo, aunque no lo haces tan solo porque lo haces con otras personas. Con el que le cuentas la historia, con el que te está coucheando, con tu compañero para hacer las luces, para empezar a inventar las cosas. En cada uno de estos encuentros se me iban ocurriendo más enlaces o más conexiones entre una historia y otra, para que no estuvieran separadas y fueran un todo. Me parecía que se podía ser un poco poético con eso. Casi no tomé apuntes, sólo los nombres de mis abuelos, lo demás fueron apuntes mentales.

 

Fue así como salió esto, que es una especie de teatro sagrado, con momentos de performance, de comedia, sin encasillarlo en algún género. La suma de todas mis inquietudes dio Sión.

 

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¿Qué buscas o buscabas con este unipersonal?

 

Yo quería hacer un homenaje a mis padres y a la gente que había perdido en el camino. No solamente a través de la muerte pierdes a alguien, también hay una pérdida cuando se rompe una relación afectiva. El olvido también es un tipo de muerte. Mueren dos personas, mueren dos seres que se conocieron, se transforman en otra cosa, tal vez regresan a lo que eran, lo que habían deformado, se reestablece. Quería escribir algo, ficcionar, sobre ficcionar. Los personajes no terminan de ser en quienes yo me inspiré. Creo que cuando alguien te cuenta una historia, al reinterpretarla, te pertenece porque está en tu cerebro, en tus emociones y cada vez que tú la cuentas, es como la tradición oral, va pasando.

 

Yo propongo también un acto de redención, no algo como una iglesia o un monasterio. Quería poner la historia de un hombre frente a los dioses ¿qué le pasa? ¿por qué sufre? ¿cuáles son sus calvarios? ¿cómo se enfrenta a esa realidad que es incogniscible para él? Ahora hay otros temas, entiendo que hay unas cosas más posdramáticas, pero yo quise hacer eso. Está padre la idea de cómo un hombre se enfrenta a lo desconocido.Ahora que veo el resultado de Sión y que ha gustado, simplemente quisiera seguir trabajando, seguir mostrándosela a otras personas.

 

Mencionaste ahorita que una de tus influencias para lo que escribiste tiene que ver con el hecho de que tu mamá pertenecía a un grupo de estudio bíblico, pero también hay influencias de otras mitologías. ¿Cómo surge esta idea de tomar estos personajes oscuros, con un toque de maldad, como Pititis, el Metatrón o Poncio Pilatos?

 

Me parece más atractivo un personaje oscuro que está en el camino del mal. No por ser maligno, sino porque termina reafirmando la luz. El personaje en contraste, un angel caído, un esclavo, un atormentado, pasa por muchas emociones en un momento, su vida se vuelve interesante porque se convierte en un mártir. Jean Genet proponía tomar a los mártires, o a los ladrones, los violadores, los asesinos, personas que tienen este contacto con mundos extraños pero que siempre guardan una esperanza, entonces los elevaba al nivel de ascendidos o santos.
Esta forma pesimista de ver las cosas, reafirma una esperanza. Creo que con ese contraste se puede llegar más rápido al entendimiento del otro. Esto es una ecuación, también es un acto científico. Tiene que ver con un conocimiento, tal vez sí ocultista, pero a final de cuentas un conocimiento de un descreído que investiga otras cosas para conocer las que se quiere explicar.

 

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¿Cómo fue el proceso de investigación de los símbolos?

 

Yo hace muchos años leí un libro que se llama El Kybalion, que habla de algunas cosas de Hermes Trimegisto. Me parecía interesante, porque cuando empecé con la actuación, vi que muchos de los puntos que se tocaban en el libro, se pueden adaptar a un trabajo actoral. Por esta cuestión de la mística, de ver al teatro como un ritual, por el rollo de que el actor es un atleta de las emociones como decía Artaud. No solamente utilizas tu mente y tu cuerpo para estar en escena, sino también tienes que utilizar un nivel energético que debe estar ahí, porque si no el actor es una marioneta más, recitando un texto.
Después de que pasa esta situación familiar, estuve también investigando sobre el Libro Tibetano de los Muertos, algunos tratados ocultistas y también El Antiguo Testamento. En esos tres todo es una cuestión simbólica, las cosas no son tal cual. Las personas pueden pensar que, por ejemplo, a un tipo se lo tragó una ballena, pues no, es una parábola, una metáfora. Así en el teatro, usas metáforas, en el texto dices una cosa para decir otra, pues como que ahí encontré cierto tipo de relación. También hice una investigación sobre el niño Fidencio, quien hacía sus rituales mediante el teatro. Algo que no es nuevo, el teatro ha tenido una función de ese tipo, una función que construimos porque desde antes había esta percepción del teatro como un performance, un acto ritual.

 

Platiquemos un poco sobre tu preparación, tanto física como profesional. Colaboras en proyectos muy diversos, desde teatro de improvisación, teatro infantil, teatro de calle e incluso danza contemporánea.

 

Todo tiene que ver con todo. Por lo general, desde que empecé a estudiar teatro, mis personajes me han exigido aprender algo. A lo mejor de una manera no tan profesional, como por ejemplo en lucha libre, en acrobacia o malabares. He tenido muy buenos maestros como Fernando Leal, Mizraim Araujo, Javier Serna, Coral Aguirre, Víctor Martínez, e incluso mis mismos compañeros colegas de generación como Víctor Hernández, David Colorado y mucha gente que en Monterrey me han enseñado algo, directa o indirectamente.

 

Todas las experiencias algo te dejan y en algo te forman. En una ocasión estuve trabajando en el Horno 3, una obra didáctica sobre el acero. El contacto con el público y la forma tan natural con que estábamos en escena, pero a la vez como absurda o caricaturizada, era una técnica que estábamos aprendiendo por oficio. El oficio de ser una persona que se dedica al arte escénico. En Sión hago un trabajo con una navaja y lo hago porque aprendí a hacer malabares para los eventos en que me presentaba. Yo lo hacía porque pensaba que en algún momento me iba a servir para algo. Afortunadamente siempre ha sido así.

 

Todo ese entrenamiento que he tenido, funciona muy bien con este unipersonal, porque me ayuda a desdoblarme rápido con los personajes, a saber cuándo tengo que estar en un momento de ficción muy preciso, a saber cuándo puedo soltarlo, cuando puedo tener una interacción con el público, cuando puedo hacer una acrobacia de piso, un acto de pantomima, e incluso hasta clownear. Yo quería hacer un clown oscuro, a partir estos personajes que están del lado de la maldad. Porque el clown no es solamente el personaje bonito, es un personaje que está en sufrimiento y le pasan cosas y la gente se ríe de sus desgracias. Esa fue la forma de trabajo. también me di un encerrón.

 

Mencionabas a David Colorado y a Victor Hernández, quienes también tienen sus unipersonales (533 dólares americanos y Fermín Horacio, respectivamente).Hay ciertas similitudes en los tres espectáculos, por ejemplo hablan sobre la familia, especialmente sobre los papás. ¿Podría ser parte de una conciencia compartida? ¿Es parte de su proceso de creación?

 

No es colectiva, nunca se planteó como una especie de trilogía. Probablemente tenemos muchas cosas en común. Platicamos mucho entre los tres, compartimos inquietudes y hasta vamos a fiestas juntos. Además nos ayudamos mutuamente en nuestros proyectos, por ejemplo David me pedía ayuda con la onda corporal, ver sus ensayos. Yo también le pedí apoyo con Sión. Víctor pues es mi carnal, a él lo conozco desde la secundaria. Seguramente como él y yo, como nos conocemos tanto, uno vio en el otro algún tipo de inspiración, esbozo o alguna relación de cómo explicar su vida a partir de otro o de otros.

 

A final de cuentas, aunque somos seres y creadores individuales, no hay ideas originales en este mundo, ya hay alguien en China que se le ocurrió una idea que se te ocurrió a ti. En este caso la estructura de los espectáculos puede ser la misma, pero las esencias de lo que queremos decir, al hablar de la familia o nuestros seres cercanos que también ficcionamos, creo que son diferentes, van por varios caminos. Aún así creo que las obras comparten algunas cosas como la nostalgia, la pérdida y la búsqueda.

 

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¿Sientes que el teatro te ayudó como catarsis?

 

El teatro no es una terapia. Aquel que viene al teatro a pensar que aquí se va a quitar su locura, se va a agravar más. Pero puede ser terapéutico si hablas de ti y resuelves algo en escena. En mi caso, sí me ayudó. De hecho tuve un conflicto al iniciar este temporada. Había pasado un tiempo desde que hice el espectáculo y me di cuenta que en este momento todo me está yendo bien. Conocí a alguien, me la he pasado muy chido, no he tenido ningún problema. Esa situación me puso en conflicto de cómo podría hacer la obra. ¿Cómo iba a llegar otra vez como actor a acceder a ese estado emocional que tenía antes? ¿Cómo le iba a hacer para estar otra vez en este estado de caos, de tristeza, de nostalgia, de agresividad? Ahí pues tuve que usar la técnica, usar un acervo emocional, saber cuándo conectarte y desconectarte. Sí, fue una catarsis y ahora quiero seguirlo presentando como una catarsis, pero a lo mejor ya desde otro punto de vista, desde otro momento. De por sí cada función es diferente, se vuelve más diferente dependiendo de la etapa de la vida en que esté el actor.

 

Todos en algún momento nos vamos a ir ¿qué te gustaría llevarte el día que te vayas?

 

Antes de irme me gustaría desprenderme de apegos, ser libre, irme bien, conmigo mismo y a lo mejor llegar allá y platicar con mis papás. Una vez soñé con mis papás, soñé que eran niños y que los veía en un campo. En otra ocasión soñé que yo era un niño y caminábamos en la noche, a la luz de la luna. Se escucha como un poema, pero fue un sueño.

A lo mejor como actor me gustaría llevarme el hecho de que dejé mi recuerdo en alguien, que las personas se van a ir con una imagen de mi. Una vez me pasó que estaba en una fila de público y al lado mío estaban hablando de una obra. Esa obra yo la había presentado un día antes y no me reconocieron. Ahora con Sión, ya me pasó que un día en la calle me reconocieron. Quizás la inmortalidad es esa, quedarte en el recuerdo de alguien. Es la manera en que puedes trascender.

 

Emanuel Anguiano, Sergio Moreno y Cristian “Wiro” Romero

Carlos López Díaz

Espectador norestense interesado en el quehacer teatral regiomontano. En 2015 lanza al internet el blog Jardín en Llamas, en el cual escribe sobre el teatro que se hace en Monterrey. Ama las tramas más que los desenlaces.