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Crítica

Los hijos del viento

Dice Abraham Nuncio en su libro “Visión de Monterrey” que en la historia de Nuevo León existe una visión ausente: la de los indios originarios quienes fueron exterminados durante la conquista y fundación de estos territorios. La única representación existente son las figuras de indios que aparecen en el escudo de la ciudad de Monterrey. De ahí en adelante, la historia neoleonesa se cuenta a partir de las “grandes hazañas” de los conquistadores españoles; incluso las calles principales de la capital toman sus nombres. Es así que los indios representan a la barbarie y los españoles el progreso, el desarrollo y la paz.

Dentro del XXX Encuentro Estatal de Teatro Nuevo León se presentó la obra “Los hijos del viento” escrita y dirigida por Talina García. Contó con las actuaciones de la misma Talina, Karol Hiram y Gerardo Villarreal y fue producida por la compañía Tecolote Teatro. La obra se presenció a través de una grabación transmitida en la página de Facebook de CONARTE, y forma parte de la selección de teatro infantil dentro del Encuentro.

La puesta plantea un ejercicio de metateatralidad. Un grupo de teatro recibe una petición para hacer una obra de sobre los chichimecas y españoles. El grupo no estaba preparado para hacerla, ya que no la habían ensayado ni se sabían los diálogos. Aún así deciden iniciar la obra en la que Cuahtli, un chichimeca, y Luis Carvajal y de la Cueva, un conquistador español, se presentan ante el público contando cómo llegaron a esta región, cuáles son algunas de sus costumbres y muestran su preocupación por la presencia de “bestias” en su territorio.

El encuentro entre los dos se da de forma accidentada y ambos advierten que son las bestias que ya nos habían contado. El personaje de Tonantzin aparece para contarnos que sus diferencias los llevaron a una sangrienta guerra entre ambos bandos. En un último encuentro entre ellos, el que podría llevarlos a la muerte, la misma Tonantzin interviene para recordarles que es su madre y que ha hecho todo por ellos. Les auguria que ninguno de los dos vivirá por siempre pero que se encargará de que su sangre sí lo haga. Cuahtli y Luis Carvajal reflexionan sobre su comportamiento y se vuelven conscientes de lo mal que actuaron. Reaparece Tonantzin para decirnos que así se unieron los españoles y chichimecas, así nació un nuevo pueblo (el mestizo) y desapareció otro (los chichimecas).

Según el texto, los personajes históricos tienen conciencia histórica de quiénes fueron, lo cual resta verosimilitud a lo que nos quieren contar, además de que no se refleja una investigación sobre quiénes eran en realidad.. Cuahtli se presenta como un joven chichimeca que ha andado con su familia por varios estados de México dado que su pueblo es nómada. Menciona también que conoce de agricultura y realiza danzas prehispánicas aztecas, sin mencionar que su nombre tiene más orígenes mexicas que chichimecas. Luis Carvajal, por su parte, se presenta como un hombre avaricioso, tratante de esclavos, y con un odio irracional hacia los chichimecas, sin embargo, también es el personaje más gracioso y con una desenvoltura muy ligera que no coincide con su carácter de militar.

El personaje de Tonantzin está mostrado como una representación de “La Madre”, ya que tanto Cuahtli como Luis se refieren a ella así; quizás Cuahtli haciendo referencia a la madre Tierra, y Luis a la virgen de la religión católica. Sin embargo, la diosa Tonantzin pertenece a las culturas mesoamericanas y fue utilizada por los españoles para conquistar a los habitantes de dicha región al adaptarla como una virgen morena. No hay registro de que en las culturas del noreste del país existiera el culto a los dioses, sino que era hacia los elementos de la naturaleza.

En concordancia con la discordancia histórica, la puesta contiene dos elementos escenográficos compuestos por mapas del estado de Nuevo León y del municipio de Monterrey. Éstos están ilustrados de acuerdo a la división política realizada en el siglo XIX, mientras que la obra se ambienta en tiempos de la fundación del Nuevo Reino de León (s. XVI). Además, se muestra un muro en el cual por un lado están pintados petroglifos representando a un hombre y a la naturaleza (¿cómo conocían los chichimecas el mar?) y por el otro se muestra una pintura en blanco y negro del antiguo templo de San Francisco (construido 30 años después de la fundación del Nuevo Reino de León), coronada por el Cerro de la Silla sobre un fondo negro. Si bien la intención de este muro era mostrar el cambio de las formas gráficas de comunicarse, la ilustración del antiguo templo además de no mostrar una realidad cronológica, no corresponde con el tipo de dibujos que se realizaba en esos tiempos.

En el inicio de la obra se nos plantea que estaremos ante una representación improvisada de un texto que ni siquiera se sabían los actores. Sin embargo, en el transcurso de dicha función todo sucede muy bien, sin ningún tipo de accidentes, con una excelente memoria de los actores, con sus entradas y salidas muy bien marcadas. Si la intención de la metateatralidad era con un fin didáctico, de cómo se hace una obra o cómo salen al quite los actores ante diversos problemas, éste no se cumple porque no se vuelve a hacer referencia al grupo que está haciendo la obra hasta que ésta ya finalizó.

Entonces nos encontramos ante un problema mayor, que tiene que ver con la concepción de la puesta en escena. Por un lado el recurso metateatral está inserto más como una anécdota que como una base sobre la que funcionará la obra. Por otro lado, la obra plantea que el mestizaje se dio por una cuestión del destino, incluso podría haber una interpretación, por el uso de la figura de Tonantzin, de que “Dios así lo quiso”. Deja de lado el hecho de que el mestizaje deriva de una conquista, es decir, de la imposición de una élite que se considera a sí mismo más que otra, justificando incluso la desaparición de las tribus originarias porque “un pueblo tenía que morir”.

Estamos a inicios de la tercera década del siglo XXI, y las nuevas generaciones están demandando que tengamos una mayor conciencia sobre los abusos del poder (económico, político, social) y que nos replanteemos la forma en que nos han contado nuestra Historia. ¿Qué valores tenían en realidad nuestros héroes? ¿A quiénes hemos borrado de las historias oficiales? ¿Qué podemos aprender de los errores del pasado? Quien no conoce su historia está obligado a repetirla, dice una famosa frase. 


Las imágenes que acompañan este texto son capturas de pantalla tomadas de la transmisión en línea de la obra en la página de Facebook de CONARTE.


Este texto forma parte del Encuentro Crítico Nuevo León 2020. Puedes leer otras críticas en los siguientes enlaces:

Por Carlos López Díaz

Espectador norestense interesado en el quehacer teatral regiomontano. En 2015 lanza al internet el blog Jardín en Llamas, en el cual escribe sobre el teatro que se hace en Monterrey. Ama las tramas más que los desenlaces.