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Crítica

Cuttin’ It:

Una realidad al otro lado del mar

En años anteriores se ha dado mayor visibilidad a las problemáticas que afectan a las mujeres alrededor del mundo, temas que solían ser secretos o lejanos a las realidades de occidente hacen un llamado de atención mostrándonos que no son ajenos a nosotros. Leer un hilo de Twitter o ver un documental donde hablen de la mutilación genital femenina, expresado en estadísticas que se mantienen abstractas en nuestra cabeza o en testimonios de mujeres que no hablan nuestro idioma, es diferente a verlo encarnado en dos mujeres que están a menos de 5 metros de nosotros, que nos hablan y nos piden escucha; mientras nosotros permanecemos sentados contra la butaca, con una latente inquietud que nos obliga a cruzarnos de piernas.

El 11 de octubre dentro del XXX Encuentro Estatal de Teatro Nuevo León, en el Teatro del Centro de las Artes, se presentó “Cuttin’ It” texto de Charlene James, llevado a escena bajo la dirección de Mayra Vargas, e interpretado por las actrices Debby Báez (Muna) y Yesica Silva (Iqra). Con producción de la dramaturgista Elvira Popova y diseño de producción de Malcom Vargas.

El texto de James es inteligente y dinámico, pero sobre todo perspicaz. Permite un análisis amplio del tema y de las afectaciones físicas, emocionales y socioculturales que éste implica. Nos presenta a dos adolescentes de quince años: Muna e Iqra, ambas nacidas Somalia. Muna llegó a Inglaterra a la edad de tres años, alejándose por completo de la guerra; diferente a Iqra quién lleva poco viviendo en occidente, huyendo del conflicto bélico que la hizo perder a toda su familia. De no ser por el video documental que se muestra a los pocos minutos de iniciar la función, podríamos creer que ante nuestros ojos está una típica y enternecedora coming-of-age, donde dos chicas a través de la amistad encuentran su lugar en el mundo. Pero poco a poco la historia va más allá y logra contraponer perfectamente dos ideologías sobre un mismo tema: la mutilación genital femenina.

Por un lado, tenemos a Muna, a quién el acercamiento temprano con la cultura occidental le permite tener un panorama diferente y un pensamiento progresista, entendiendo que hay cosas dentro de sus tradiciones que son arcaicas, que dañan, que mutilan. Debby Báez interpreta a este personaje con mucho color, con facilidad pasa de tener la ligereza de una niña obsesionada con Rihanna, a la severidad de una adolescente decidida a hacer escuchar su voz y plantarse con astucia por defender a quienes ama.

Y por otra parte, está Iqra, quién entiende que ese ritual es doloroso, pero lo concibe como necesario, porque “[…] es lo que somos, ¿Cómo podemos estar mal si es lo que siempre hemos hecho?” dramatúrgicamente este personaje es muy poderoso, porque muestra a una niña dulce y empática, que paralelamente abraza y ejecuta una cultura la cual violenta a la mujer. Yesica Silva logra rescatar esa ingenuidad del personaje, la fragilidad y ternura de alguien inmerso en un círculo que tradiciones las cuales constantemente la vulneran. Sin embargo, falto un necesario contrapunto en la interpretación, el cual nos permitiera observar a Iqra no sólo como un ente manipulado por su contexto, sino también como una predicadora y perpetuadora del mismo.

Cabe decir que, aunque ambas actrices responden con verdad a los estímulos presentes, es palpable la brecha entre la edad que ellas poseen y la de los personajes que interpretan. Simplemente hay pequeños gestos o acciones que no corresponden a los de unas muchachas de quince años. No es un problema que impida el disfrute de la puesta, pero sí es algo que en momentos saca al espectador de la ficción.

De igual manera esto es una falla en la concepción del maquillaje y vestuario. El vestuario de Muna está muy bien diseñado, ya que las diversas tonalidades de rosa pastel y el conjunto de capas de ropa holgada son algo que nos dota de información sobre el personaje; pero el de Iqra es deficiente en este aspecto. Se entiende que se buscaba reafirmar su procedencia somalí y su poco tiempo en el ambiente de occidente, pero los colores y las prendas le suman edad al personaje. Cuando un punto clave de la puesta es que efectivamente son adolescentes de quince años.

En cuanto a la dirección uno de los mayores aciertos es el explotar aquellos fragmentos de la historia donde las jóvenes viven y charlan con una ingenuidad y soltura latente. Permitiendo al espectador sentirse relajado y reír junto a los personajes, para después caer de golpe en la dura realidad en la que residen. Pero esto no siempre se consigue de la mejor manera. Hay trazos que más allá de reforzar el dialogo, se vuelven relleno o ilustrativos, pues lo narrado por los personajes ya posee el peso suficiente, tanto así que el simple hecho de verlas paradas una encarando a otra es bastantemente eficaz. Aun así, la mancuerna entre ambos personajes está trabajada de forma adecuada, siendo éste un gran sostén de la puesta.

El manejo del teatro objeto en escena luce una estética entrañable y un manejo de símbolos simultáneamente poderosos y bellos. Siendo unos de los más rescatables la costura de la pantaleta como mimesis de lo que se hace en los genitales femeninos, o los paños húmedos que pasan de ser un instrumento quirúrgico a ser una vulva, sin embargo, volvemos a caer en la ilustración cuando de esta vulva empieza emanar sangre a chorros.

Contrario a estos aciertos en el manejo de objetos hay otros que no terminan de tener sentido en la propuesta, y se puede atisbar una falla en el enlace de los elementos propuestos por el diseño de producción con la estética general de la escena.

Un ejemplo de ello es el uso de imágenes de personajes de la cultura pop para presentar personajes dentro de la ficción de Muna e Iqra, dándole rostro a un personaje que no logramos empatar porque dentro de nuestro inconsciente no corresponde, e incluso si esta presencia tiene intención de crear un paralelismo que pueda conectar con el espectador son imágenes viejas que no funcionan o no son relevantes en el ahora. Esto podría funcionar cuando el personaje de Iqra narra cómo ha olvidado los rostros de sus hermanos mientras observa las caras de personajes famosos de ficción, se puede entender que traspola la imagen diluida de su familia al bombardeo de imágenes de caras en la farándula. Pero como hay un bagaje anterior que no va de la mano con esta poética este posible discurso queda desaprovechado.

Es preciso destacar la interfaz utilizada en escena y cómo ésta, además de permitir al espectador ver en su totalidad el manejo de los objetos ubicados en una mesa del espacio, permite una sensación de intimidad con Muna e Iqra, pues podemos ver sus rostros en primer plano, dando la sensación de que se tiene un dialogo directo con ellas entre susurros. Sumando además un discurso alrededor de la hiperconectividad, y cómo ésta permite el encuentro y análisis de diversas posturas.

Cuttin’it es una puesta interesante, sin embargo, hay un elemento que podría volverla aún más relevante: plasmar cómo esta problemática se puede relacionar con la realidad inmediata de las mujeres en México. Porque de otra forma queda como algo que nos conmueve, y nos hace empatizar, pero no nos obliga a tomar acción pues es algo que está lejos de nuestro alcance. Y que únicamente nos permite levantarnos de la butaca y con expresión compungida decir: “Qué terrible, lo que viven aquellas niñas al otro lado del mar”. Cuando aquí, a unos kilómetros de nosotros hay niñas que también cargan con una cruel realidad, diferente a la presentada, pero que igualmente es ocasionada por una segregación de género.


Las imágenes que acompañan este texto son fotografías tomadas la función del 11 de octubre de 2020 en el Teatro del Centro de las Artes por Jennifer Peña de La Esfera Dorada.


Este texto forma parte del Encuentro Crítico Nuevo León 2020. Puedes leer otras críticas en los siguientes enlaces:

Por Diana Laura

Me gusta tirarle a la artisteada y los colores pastel. A veces salgo en obras, a veces escribo de ellas, otras veces escribo sobre atardeceres y sentirme triste y otras sólo quiero un agua de horchata.

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