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Pequeño fin del mundo

La adolescencia es el inicio de las grandes primeras veces: el primer beso, la primer reprobada, el primer portazo a tu cuarto, la primer chela, el primer faje y hasta el primer apocalipsis. Ese apocalipsis ocurre mil veces en un año. Sentimos que el mundo se nos acaba después de cada primera vez: el primer regaño, la primera vez que te quedas sin lana, la primera vez que haces el ridículo frente a todos. Luego, viene el valemadrismo, el “vale madre, al cabo que mañana se acaba el mundo”. Y  mañana es otro día, y mañana del mañana será otro y mañana del mañana del mañana…

Con un texto y dirección de Víctor Hernández, él mismo junto con Sergio Moreno nos presentan en “Pequeño fin del mundo” escenas de la vida de dos adolescentes que cursan sus estudios en una de las tantas escuelas secundarias técnicas del país. La situación no es sencilla: bombardeados por los medios de comunicación y por la presión de liberarse del yugo familiar, los lleva a un vórtice donde la violencia y la competencia ponen a prueba la amistad y la misma condición humana

El montaje de la obra es sencillo, con una escenografía mínima pero funcional. Sumado a ello, se hace uso de proyecciones de video grabadas y en tiempo real, lo que ayuda a que la obra se vuelva dinámica y logre atrapar al espectador. Aunado a esto, el ritmo de cada escena te hace sentir como en esa montaña rusa hormonal adolescente: en momentos tranquilo y apacible para, en un segundo, volverse un espiral de violencia

La fuerza del montaje recae totalmente en la  capacidad actoral de Moreno y Hernández, quienes logran una química perfecta para encarnar a dos amigos adolescentes. El trabajo realizado por Sergio Moreno es altamente rescatable, al darle a su personaje un auténico toque de barrio de la zona metropolitana de Monterrey.

Son destacables las escenas violentas, porque son inesperadas (aún y cuando en el programa te spoilean que habrá una pelea al leer el crédito de la coreografía de Carlos Alberto Pérez) pero bien ejecutadas y necesarias dado el contexto de la obra.

Algo que no me agradó mucho, es la línea casi invisible entre el actor y el personaje. Pareciera ser una moda (afortunadamente en decadencia) en algunas producciones regias: llega un momento en que no sabes si quien habla es el actor o el personaje. Considero que el actor debe hablar a través del personaje, mas no entrar el actor como un personaje mas.

Tanto el texto como el montaje demuestran que Victor Hernández, como dramaturgo y como director, tiene todavía muchas sorpresas que darnos, sobre todo porque demuestra una visceralidad que pocas veces se llega a ver en escena.

Carlos López Díaz

Espectador norestense interesado en el quehacer teatral regiomontano. En 2015 lanza al internet el blog Jardín en Llamas, en el cual escribe sobre el teatro que se hace en Monterrey. Ama las tramas más que los desenlaces.