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Todavía tengo mierda en la cabeza

Janis es una joven que muy apenas alcanza la mayoría de edad, sin embargo sus últimos años los ha vivido intensamente bajo el clásico lema de “sexo, drogas y rock and roll”. Aunque a esa fórmula tan cliché habría que agregarle un amor tormentoso y mierda, mucha mierda.

 

Como parte de la convocatoria “Puestas en Escena CONARTE 2016”, la directora Alba Liz Gómez presenta su versión de “Todavía tengo mierda en la cabeza” un texto escrito por Bárbara Perrin. La obra se lleva a cabo, en su primer temporada, en la Sala Experimental del Teatro de la Ciudad de Monterrey, con un elenco conformado por Marisela González, Oliver Cantú Lozano y Debby Báez.

 

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En la historia llevada a escena se cuenta el periodo final de la adolescencia de Janis, una joven habitante de la frontera mexicana quien, a raiz de conocer a Alberto su primer amor pasional, termina cayendo en una espiral de decadencia. La misma Janis nos cuenta los hechos acompañada de las voces de ese pasado: Alberto, sus ex amantes, su madre y de una voz que pareciera ser su conciencia, su angel guardián o quizás solo su memoria.

 

Bárbara Perrín es considerada una de las dramaturgas jóvenes mexicanas con mayor potencia en sus textos, tanto por utilizar un lenguaje conectado con su generación, como por la forma contemporánea en que busca contar sus historias. “Todavía tengo…” es un texto que hereda el gen narratúrgico de autores como Alejandro Román, Edgar Chías Alejandro Ricaño o Alberto Villarreal, influenciado por la generación beat estadounidense, el rock gringo de finales de los sesenta y la pretensión fronteriza de querer vivir una vida al estilo americano.

 

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El texto, que se encuentra publicado tanto por Ediciones Malaletra como por Paso de Gato, no identifica a los personajes por sus nombres, sino que permite que quien lea las línea pueda asignarles la voz que construye en su cabeza. Esta oportunidad la toma Alba Liz Gómez para presentarnos todas las voces a través de tres actores: Marisela González, tomando la batuta con el personaje principal de Janis; Oliver Cantú, quien encarna a las voces masculinas, y Debbie Baez, cuya voz se reparte entre una especie de conciencia narradora y la madre de Janis.

 

Ya que la historia gira en torno a Janis, es este personaje el que se encarga de liderear todas las acciones que suceden en escena, es decir, a partir de lo que nos va a contar, es que se tienen que articular todos los elementos escénicos. Este es un reto importante que Perrín pone en su texto, ya que requiere que sea una actriz joven quien lleve el hilo conductor de la obra.

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En el caso de la versión de Alba Liz Gómez, Marisela González parece todavía no tener la seguridad de su posición de liderazgo, ya que casi durante el primer tercio de la función lleva el texto de forma acelerada, lo que hace que sus compañeros tengan que acelerar también sus acciones para alcanzarla. Es un poco antes de la mitad cuando logra encontrar el ritmo que permite armonizar trazos y entonces la obra empieza a fluir.

 

No obstante, Marisela González nos muestra a una Janis indolente con lo que sucede a su alrededor y aferrada a un bote a la deriva que lleva por nombre Alberto. Es en la mirada donde se puede ver la pérdida de rumbo y el grito de ayuda oculto, algo que Marisela logra hacer muy bien al interactuar con sus colegas.

 

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Oliver Cantú realiza ligeros cambios en sus recursos corporales como postura, voz y actitud hacia su contraparte para pasar de un personaje masculino a otro y diferenciarlos. Curiosamente en la anterior obra en que participó (Números imaginarios) también tenía que realizar diversos personajes, sin embargo en “Todavía…” el proceso de construir diversos personajes queda mejor logrado.

 

La tercera integrante del elenco, Debby Báez, se muestra segura y convincente en aquellas partes donde tiene que realizar un personaje con tintes fársicos (por ejemplo, la mamá), quizás por su amplia experiencia en la compañía de teatro para niños Foco! Teatro. Cuando tiene que realizar el papel de la conciencia de Janis no llega a convencer del todo, ya que parece sentirse ajena al estilo irreverente y sarcástico con el que se cuenta la historia de la protagonista.

 

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En cuanto al espacio, la directora propone un escenario con dos frentes, con un sillón en color rosado, integrado por tres piezas movibles, y un piso con formas psicodélicas. El trazo escénico permite que el espectador, ubicado desde cualquier lado del escenario, pueda adentrarse en la historia, aunque en ocasiones está muy forzado el hecho de que deben voltear a ambos lados del escenario.

 

Al ser un texto complicado, el dispositivo escénico que propone Gómez es sencillo y apela a la imaginación del espectador al dividir un sillón en tres muebles que se convierten en una cama, un carro y hasta una mesa. Además, una de las secciones del sillón contiene un dispositivo de audio, controlado de forma inalámbrica, que hace que la música (propuesta por Perrín desde el texto) surja en el centro de la escena lo que crea un ambiente más íntimo.

 

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En general, la propuesta de Alba Liz Gómez nos traslada a un microuniverso formado en la mente de Janis, donde su gran primer amor, Alberto, se hace presente en los hombres con los que se topa en su camino. Además, nos muestra una historia de desesperanza aún y cuando hay una pequeñita luz al final del tunel. Todos tenemos un gran primer amor que nos marca la vida ¿qué necesitamos para sacarlo?

Carlos López Díaz

Espectador norestense interesado en el quehacer teatral regiomontano. En 2015 lanza al internet el blog Jardín en Llamas, en el cual escribe sobre el teatro que se hace en Monterrey. Ama las tramas más que los desenlaces.