La ciencia ficción ha imaginado de manera recurrente escenarios donde la expansión humana alcanza nuevos territorios. A partir de esa expansión, el espacio deja de ser una frontera abstracta y se convierte en un entorno intervenido, atravesado por las consecuencias materiales de ese proceso. Este marco permite pensar no solo en la exploración, sino en aquello que permanece como rastro.
“Pez mirando a las estrellas”, unipersonal interpretado por Orlando Tovar, forma parte de la programación de Puestas en Escena CONARTE 2025. La obra se presentó en la Sala Experimental del Teatro de la Ciudad en Monterrey y fue vista el 22 de febrero de 2026. El equipo creativo incluye a Debby Baez en asistencia de dirección y vestuario, Cristián Romero en música, Iván “Chacho” Flores en iluminación y Carlos Bocanegra en escenografía.

En este contexto, la obra presenta a un recolector de basura espacial que viaja entre distintos puntos del universo. Su labor define la lógica del recorrido, ya que cada viaje a realizar responde a la acumulación de desechos que orbitan fuera del planeta. Este trabajo lo pone en una condición de un largo aislamiento, donde el trayecto se convierte en el principal espacio que se habita.
Dentro de ese recorrido aparece una perrita llamada Laika, presentada en escena a través de un títere manipulado directamente por el actor. Su presencia introduce una forma de compañía y modifica la dinámica escénica al incorporar una interacción concreta. El manejo del títere se integra al flujo de la narración y permite que el vínculo entre ambos se construya a partir de acciones simples. Esta incorporación introduce variación en la escena y activa una dimensión afectiva que contrasta con la rutina de los desplazamientos por el espacio.

El viaje se expande cuando el personaje llega a un planeta habitado por una civilización representada mediante títeres objeto. Estos elementos no buscan reproducir movimiento orgánico, sino que funcionan como formas intervenidas que adquieren sentido en relación con la acción. A partir de este encuentro, el protagonista interviene en la organización de ese mundo y desencadena un conflicto que transforma la estructura de esa sociedad. La escala de la obra se modifica en este punto, ya que la acción pasa del trayecto individual hacia las consecuencias de esa intervención.
Esta progresión encuentra un soporte claro en la organización del espacio escénico. La puesta se articula a partir de una cabina que funciona como eje fijo para el desarrollo de la acción. A su alrededor, el piso cubierto de arena permite que un mismo lugar adopte distintas configuraciones y registra físicamente el paso del personaje, estableciendo una relación directa entre acción y huella.

Sobre este mismo dispositivo se incorpora un retroproyector colocado al frente del escenario, que se utiliza para dibujar imágenes en la arena y proyectarlas durante la narración. Este recurso permite traducir elementos del relato en formas visibles y amplía las posibilidades de representación. Sin embargo, su tamaño y ubicación generan una presencia dominante que incide en la percepción del conjunto.
La construcción del entorno se completa con el diseño de iluminación, que delimita distintos estados mediante el uso de color, y con la incorporación de humo y materiales translúcidos que generan profundidad. Estos elementos configuran un espacio que sugiere desplazamiento constante y refuerza la idea de estar constantemente en tránsito.

En este contexto, el ritmo del montaje presenta variaciones perceptibles. La continuidad se ve afectada en algunos tramos donde la acción se detiene para dar lugar a pasajes más contemplativos, lo que puede generar una sensación de alargamiento.
A partir de estas decisiones, la obra construye una atmósfera que articula el recorrido del personaje y permite vincular ese trayecto con una reflexión en dos direcciones. Por un lado, el viaje activa preguntas sobre la experiencia individual, como la soledad, la memoria y la necesidad de establecer vínculos. Por otro lado, el encuentro con otras formas de vida trae a colación las implicaciones de intervenir en ellas y las consecuencias que se desprenden de esa acción.

Hacia el final, el recorrido regresa a un estado marcado por la acumulación de restos y por la continuidad del desplazamiento. La experiencia no se cierra en una resolución, sino que se prolonga en una imagen donde el viaje persiste y los rastros permanecen.
En ese punto, la obra devuelve la mirada hacia el espectador. El paisaje deja de ser ajeno y comienza a leerse como una proyección de nuestras propias acciones. Ante ese horizonte, queda abierta una pregunta: ¿qué haremos cuando todo termine, cuando solo queden rastros de nuestro paso?




