Metalero

En muchos contextos de clase trabajadora un oficio funciona como algo más que una actividad económica, organiza la identidad, el tiempo cotidiano y la forma de imaginar el futuro. El taller familiar se vuelve un espacio donde se aprende a sobrevivir y también a pertenecer, y cada herramienta adquiere un valor que combina lo material con lo simbólico. Cuando en ese entorno surge el deseo de tomar otro camino, la decisión impacta el equilibrio que ha sostenido a la familia y transforma la relación entre quienes la conforman.

Desde ahí aparece la pregunta que recorre Metalero: cómo vivir en la diferencia y sostener al mismo tiempo el vínculo en el que nos formamos. La puesta, realizada por Percha Teatro bajo la dirección de Leticia Parra y con texto y actuación de Pablo Luna, se presentó en la Sala Experimental del Teatro de la Ciudad el 24 de enero de 2026 dentro de la convocatoria Puestas en Escena CONARTE 2025.

La historia sigue a Pablo, un adolescente que crece bajo la mirada exigente de un padre que ha levantado su propio taller de fundición y espera que sus hijos continúen el oficio. El barrio, la secundaria, la música y las amistades configuran su entorno cotidiano, mientras el trabajo ocupa gran parte de su tiempo y define la dinámica familiar en la que se desarrolla.

Dentro de esa rutina, el joven reconoce un impulso que toma forma poco a poco: dibujar, imaginar, explorar el arte. La obra acompaña ese proceso de descubrimiento y muestra cómo ese deseo entra en tensión con el camino que parecía ya definido, manteniendo la atención en la experiencia de búsqueda.

Este punto de partida se articula desde una lógica cercana al biodrama, ya que el material escénico proviene de la experiencia del propio intérprete y se organiza como relato. La autobiografía adquiere una dimensión poética que permite que la memoria individual dialogue con el público y active una zona de reconocimiento donde distintas trayectorias personales encuentran eco.

Como parte de esta construcción, la obra configura el espacio escénico como una extensión del taller que se transforma a partir de la acción del actor. El padre aparece asociado al fuego y a la forja mediante un símil con Efesto, dios de la mitología griega vinculado al trabajo del metal, y esta referencia se concreta en escena a través de una mano de hierro articulada que concentra su presencia. La voz del padre, amplificada y distorsionada hacia un registro más grave, refuerza esa figura que ocupa el espacio desde lo sonoro y lo simbólico, y que encarna tanto el oficio como la firmeza con la que sostiene su lugar dentro de la familia. A partir de esta imagen, el taller adquiere una dimensión volcánica donde se moldea la llamada “raza de bronce”, integrando lo mítico dentro de la vida cotidiana.

El espacio se organiza de manera que cada zona activa una dimensión específica de la experiencia del protagonista y permite seguir su tránsito con claridad. El área de trabajo y limpieza mantiene presente el ritmo constante del taller, con acciones repetitivas que marcan el paso del tiempo y el peso del oficio, mientras que una zona externa abre la escena hacia el barrio, el cine y las situaciones que ocurren fuera del control familiar. En contraste con estos espacios, el micrófono funciona como un punto donde el protagonista explora otras posibilidades de sí mismo, y en ese lugar su cuerpo cambia, su voz se expande y su relación con el entorno se vuelve más abierta.

En ese espacio de expresión, la música se convierte en un eje de construcción identitaria y articula una serie de referencias que organizan pertenencias. Bandas como Kiss, Black Sabbath, Mötley Crüe, Judas Priest o Iron Maiden se integran al relato como parte de un imaginario compartido que el protagonista incorpora a través de su cuerpo y de sus acciones. La forma de pararse, de moverse y de habitar el espacio responde a ese universo, y se acompaña de elementos concretos como un chaleco negro, unos guantes sin dedos y unos pósters que cubren la pared, que hacen visible ese proceso.

A través de estos signos, la identidad se construye como una práctica cotidiana que se ensaya y se afirma frente a los otros. El protagonista repite gestos, adopta una estética y sostiene una actitud que le permite reconocerse dentro de una comunidad más amplia que su familia inmediata. De esta manera, la obra muestra cómo la música, la ropa y el cuerpo operan juntos en la definición de una identidad en proceso, y cómo ese proceso se desarrolla dentro de un espacio que mantiene en tensión la permanencia y la transformación.

La memoria cultural compartida fortalece este recorrido al incorporar referencias que sitúan la historia en un contexto urbano específico. El cine de barrio, el camión urbano, los arcades y la vida en la colonia construyen un entorno reconocible que conecta la experiencia del personaje con la de una generación y amplía el alcance del relato.

A partir de este desarrollo, la obra propone una reflexión sobre el trabajo como herencia y como marco de sentido. El taller ofrece estabilidad, disciplina y pertenencia, y al mismo tiempo delimita un camino específico de vida. En ese contexto, el arte abre otras posibilidades y exige asumir una decisión propia, lo que permite entender la disidencia como una forma de afirmación.

La fundición requiere calor para transformar el metal y darle una nueva forma sin alterar su composición. De manera semejante, la identidad del protagonista atraviesa un proceso intenso que reorganiza su forma sin desprenderse de su origen. El taller permanece como punto de partida y la vocación artística amplía ese legado, recordando que la herencia también puede forjarse de nuevo y que ser diferente a lo que otros esperan también forma parte de ese proceso. Vivir la disidencia desde este lugar implica reconocerla como una fuerza que transforma, abre caminos y hace posible construir una vida propia sin perder el vínculo con aquello que nos dio origen.


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