Hay violencias que aparecen como golpe y otras que se instalan lentamente en el cuerpo hasta convertirse en costumbre. Machetes trabaja sobre esa segunda forma al mostrar la violencia que enseña cómo “debe” comportarse un hombre, qué emociones puede mostrar y cuáles debe ocultar para ser reconocido dentro de su comunidad. La obra convierte esa presión en una experiencia escénica donde la memoria y el cuerpo revelan las heridas que deja una masculinidad construida desde la exigencia permanente de dureza.
La función se presentó el 16 de mayo dentro del Festival Alfonsino 2026 organizado por la Universidad Autónoma de Nuevo León en el Aula Magna “Fray Servando Teresa de Mier” del Colegio Civil Centro Cultural Universitario en Monterrey. Es una producción de Diletantes Teatro en Movimiento, con texto de de Mauricio Popoca, dirigida por Sergio Figueroa y Daniela Vasch con las interpretaciones de Sergio Figueroa y Joshua Gallegos Villalobos.

La obra sigue a dos hombres adultos mayores que, desde el patio de la casa de uno de ellos, comienzan a reconstruir frente al público la historia de su amistad. A través de esos recuerdos aparecieron episodios de infancia, adolescencia y adultez marcados por las expectativas sociales asociadas a la masculinidad. Conforme avanzan las evocaciones, los personajes dejan ver cómo el miedo, la vergüenza y la necesidad de validación terminan influyendo en la manera en que aprendieron a relacionarse consigo mismos y con otros hombres.
La tesis del montaje se articula alrededor de una pregunta insistente: qué se espera de los hombres y qué consecuencias produce esa exigencia. La obra no aborda la masculinidad desde una idea abstracta, sino desde experiencias concretas relacionadas con la presión social, la violencia y la necesidad constante de demostrar virilidad. Los personajes recuerdan las oportunidades y caminos que parecían disponibles para ser reconocidos como hombres dentro de su comunidad, y al hacerlo muestran cómo ese sistema también produce daño sobre quienes aparentemente pertenecen a él.

La escenografía organiza visualmente esa amenaza permanente. Sobre los actores cuelga un círculo formado por más de una veintena de machetes suspendidos en el aire. La imagen funciona como una presencia constante que acompaña cada recuerdo y cada diálogo. Los machetes aparecen de distintas maneras a lo largo de la obra: como objetos físicos dentro del espacio, como una forma de referirse a los “machos”, como la danza de los machetes de Nayarit y como símbolo de las heridas emocionales que los personajes cargan incluso cuando no son visibles. Esa multiplicidad permite que el título deje de ser únicamente una referencia al arma y se convierta también en una reflexión sobre las formas de masculinidad que pesan sobre los cuerpos.
La dramaturgia construye la memoria como un movimiento compartido entre ambos personajes. Cada recuerdo activa otro y las escenas avanzan mediante asociaciones afectivas más que por una lógica estrictamente cronológica. Desde ahí, la obra produce una sensación de continuidad entre infancia, adolescencia y adultez, como si las experiencias que marcaron a los personajes siguieran presentes en sus cuerpos muchos años después.

Uno de los elementos más consistentes del montaje es el trabajo corporal de los actores. Las transformaciones físicas ocurren con precisión y economía de recursos, y esa decisión fortalece la credibilidad de los personajes. El espectador reconoce inmediatamente cuándo los cuerpos pertenecen a hombres cansados por la edad y cuándo regresan a la energía de la juventud. La obra encuentra en ese tránsito corporal una forma de mostrar cómo la memoria permanece inscrita físicamente.
La lectura temática se sostiene en la relación entre violencia y construcción masculina. La obra plantea que el machismo no afecta únicamente a las mujeres o a quienes rompen explícitamente con el modelo heteronormativo, sino también a hombres heterosexuales incapaces de cumplir las expectativas impuestas sobre fuerza, autoridad, éxito o control emocional. Aparece entonces una masculinidad atravesada por el miedo a no encajar y por la idea de que los conflictos deben resolverse mediante violencia o evasión.

La obra también construye una relación constante entre intimidad y vigilancia social. Aunque los recuerdos surgen desde experiencias profundamente personales, la sociedad aparece siempre como una presencia que observa, juzga y regula comportamientos. Los personajes crecieron bajo miradas colectivas que determinan qué conductas eran aceptadas y cuáles se convertían en motivo de humillación. Esa dimensión comunitaria permite que la obra amplíe su lectura sobre la masculinidad hacia un sistema social que reproduce esas exigencias.
Dentro de esa atmósfera, el vínculo entre los protagonistas adquiere una fuerza particular. Su amistad está atravesada por cuidado, dependencia y afecto contenido, donde los silencios y las acciones físicas comunican tanto como las palabras. La cercanía entre ambos personajes permite observar cómo los afectos masculinos muchas veces encuentran formas indirectas de manifestarse dentro de contextos donde la expresión emocional está restringida.
El montaje destaca porque consigue que esa discusión sobre género y violencia emerja desde recursos escénicos precisos y no únicamente desde el texto. El uso simbólico de los machetes, la construcción corporal de los personajes y la estructura de memoria producen una experiencia donde fragilidad y amenaza conviven constantemente. Al final, la obra deja la impresión de que las heridas más profundas no son necesariamente las físicas, sino aquellas que permanecen después de años de intentar responder a una idea rígida de masculinidad.


