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El teatro de los tiempos

Los olvidados de la técnica: profesionales invisibles de la escena

¿Quién sostiene el teatro cuando todavía no se encienden las luces? ¿Qué cuerpos habitan ese umbral invisible antes de que la escena comience? En el instante previo a toda función, cuando el público apenas toma asiento y la sala respira en penumbra, ya hay una red de presencias activas que hacen posible que el acto teatral ocurra. Pero esa red suele permanecer fuera de foco. Iluminadores, operadores de sonido, constructores de escenografía, técnicos de tramoya, responsables de producción: están, pero no se ven. Y no se trata simplemente de una cuestión de visibilidad escénica, sino de una omisión estructural. En el imaginario que organiza el relato teatral, estos oficios raramente son reconocidos como creación. ¿Cómo llegamos a construir una escena que se proclama colectiva, mientras excluye simbólicamente a quienes la sostienen desde la técnica?

No es un olvido accidental, sino una forma de organización del campo. Se ha establecido una jerarquía tácita donde la palabra, el cuerpo y la dirección ocupan el centro del discurso, mientras que la técnica se percibe como fondo o acompañamiento. Pero quienes encienden la luz, afinan los sonidos o ensamblan los espacios también piensan, también deciden, también crean. Su lenguaje es material, sensible, riguroso, y está profundamente implicado en la experiencia del espectador. ¿Qué teatro estamos imaginando si seguimos marginando esos saberes? ¿Cómo podríamos ensanchar la práctica escénica si reconociéramos la técnica como una dramaturgia más?

En Monterrey, esta lógica de exclusión técnica tiene manifestaciones concretas y persistentes. Aunque la escena local ha mostrado una vitalidad creativa sostenida en los últimos años, los oficios técnicos siguen ocupando un lugar periférico. Son pocos los espacios de formación formal orientados específicamente a la iluminación, el sonido, la tramoya o la producción escénica. La mayoría de quienes ejercen estos oficios llegan a ellos por caminos autodidactas, por aprendizaje empírico, por ensayo y error acumulado entre montajes. Se forma en la práctica, entre funciones, en la colaboración con otros, pero sin respaldo institucional. Este modelo genera trayectorias frágiles, difíciles de sostener, marcadas por la informalidad y la sobrecarga.

En los programas académicos, los contenidos técnicos suelen estar ausentes o se abordan como herramientas auxiliares, no como campos de conocimiento autónomos. Esto deja a muchos profesionales sin acceso a procesos de especialización que les permitan desarrollar su lenguaje propio, experimentar con nuevas tecnologías, ampliar sus recursos expresivos. En lugar de plataformas de crecimiento, se enfrentan a un contexto que exige soluciones inmediatas sin tiempo ni condiciones para explorar. ¿Cómo florece la técnica si no hay condiciones para el riesgo, el juego, la invención? ¿Qué posibilidades creativas se pierden cuando se asume que lo técnico debe resolverse, pero no pensarse?

La marginación de los oficios técnicos dentro del campo teatral no surgió de manera espontánea. Tiene raíces profundas en una historia que ha privilegiado ciertas formas de expresión por encima de otras, estableciendo jerarquías simbólicas que aún perduran. Desde el surgimiento del teatro moderno, la centralidad del texto, del actor y de la figura del director ha moldeado nuestra forma de entender lo escénico. Lo demás —la luz, el sonido, la maquinaria, el ensamblaje espacial— ha sido relegado al estatus de soporte, de fondo operativo, de herramienta al servicio de una visión ajena. Se consolidó así una noción de creación unilateral, donde lo técnico se convirtió en la infraestructura silenciosa de un arte que se dice vivo, pero que ignora la vida que ocurre tras bambalinas.

Esta configuración no solo delimita quiénes pueden ser considerados creadores, sino también qué saberes se legitiman como artísticos. La técnica, entendida como algo mecánico, funcional o repetitivo, queda fuera de las definiciones canónicas de autoría. Y sin embargo, todo montaje escénico es también una coreografía de decisiones técnicas que afectan la percepción, la emoción, la lectura del espectador. Un diseño de iluminación puede alterar radicalmente el sentido de una escena. Un paisaje sonoro puede construir un mundo entero. ¿Por qué seguimos hablando de esos aportes como si fueran invisibles? ¿Cuántos lenguajes escénicos dejamos de escuchar porque no caben en los moldes heredados?

La escasez de estructuras de formación formal para los oficios técnicos no solo limita el acceso a conocimientos especializados, también perpetúa un sistema de informalidad que fragiliza toda la cadena de producción escénica. En Monterrey, quienes se dedican a la iluminación, el sonido o la producción técnica suelen formarse al margen de las instituciones educativas. Aprenden observando, resolviendo en el momento, preguntando a otros colegas o enfrentándose a montajes con poco tiempo y muchos retos. Aunque este modelo genera una gran capacidad de adaptación y resolución, también tiene un costo: el saber técnico se transmite de forma dispersa, sin espacios sistemáticos para la reflexión, la innovación o la construcción colectiva de metodologías.

Esta situación genera una paradoja. Se necesita personal técnico capacitado para garantizar funciones de calidad, pero no se ofrecen vías claras para que ese conocimiento se consolide, se multiplique o se proyecte a largo plazo. La profesionalización se vuelve un deseo persistente pero difícil de alcanzar, atrapada entre la falta de oferta formativa, las condiciones precarias de contratación y la imposibilidad de dedicar tiempo a procesos de exploración. ¿Cómo se puede exigir excelencia técnica cuando no se ofrece el mínimo de condiciones para cultivarla? ¿Qué responsabilidad tiene la institucionalidad cultural en este vacío formativo que se arrastra desde hace décadas?

El vacío de formación se entrelaza con otra carencia igualmente estructural: la falta de reconocimiento simbólico y económico. En las convocatorias públicas, los estímulos culturales y los programas de apoyo a la creación, los perfiles técnicos apenas si figuran. Los proyectos suelen centrarse en la dirección, la dramaturgia o la interpretación, como si la técnica no implicara también una dimensión creativa. Esta exclusión no solo limita el acceso de los técnicos a recursos que podrían fortalecer su trabajo, sino que refuerza una lógica de segmentación donde unos crean y otros simplemente “ejecutan”. Así se reproduce un sistema que margina a quienes sostienen la escena desde sus cimientos materiales.

En los discursos públicos sobre el teatro —entrevistas, conversatorios, artículos, homenajes— los técnicos son mencionados, cuando mucho, como parte del equipo de soporte. Rara vez se les pregunta por sus procesos, por sus decisiones, por sus aportes. Su presencia está asegurada, pero su voz no. Esta omisión constante los convierte en figuras funcionales, necesarias pero intercambiables, alejadas de la posibilidad de construir una trayectoria autoral. ¿Qué pasa cuando una práctica es indispensable pero no se le concede identidad? ¿Qué tipo de escena estamos cultivando si su tejido más sensible permanece sin nombre ni rostro en el imaginario colectivo?

La falta de reconocimiento y formación tiene consecuencias directas en la forma en que se organiza el trabajo técnico en el día a día. Se espera que el personal técnico esté disponible, resuelva rápido, improvisé soluciones y garantice que todo funcione, incluso bajo condiciones adversas. Se naturaliza que trabajen con poco tiempo, sin ensayos técnicos adecuados, sin acceso a herramientas óptimas, en espacios que no siempre cumplen con los mínimos de seguridad o habitabilidad. En este contexto, la técnica deja de ser una dimensión creativa y se convierte en un territorio de urgencia permanente. Se responde, se repara, se parcha. Y con cada solución improvisada, se posterga la posibilidad de construir procesos sólidos, sostenibles y experimentales.

La precariedad técnica también limita el horizonte estético del teatro. Sin tiempo para probar alternativas, sin condiciones para desarrollar propuestas propias, los técnicos se ven obligados a reproducir fórmulas conocidas o resolver con lo que hay. Esto no es falta de talento, es falta de condiciones. Así se establece un círculo vicioso: la técnica se minimiza, se invierte poco en ella, se le exige mucho y se obtiene un resultado funcional pero empobrecido. Mientras tanto, quienes podrían desarrollar lenguajes técnicos innovadores o convertirse en referentes locales terminan buscando otras formas de sobrevivencia. ¿Qué futuro puede tener una escena que deja escapar sus propios saberes por no saber cómo cuidarlos?

A pesar de este panorama, comienzan a emerger intentos que cuestionan la lógica dominante. Algunos colectivos en Monterrey han optado por integrar a sus técnicos desde el inicio del proceso creativo, reconociendo que la luz, el sonido o el espacio no son añadidos, sino lenguajes escénicos que deben dialogar desde el primer ensayo. En otros casos, se han generado redes informales de formación entre pares: talleres autogestivos, mentorías espontáneas, encuentros técnicos donde se comparten saberes y se fortalecen vínculos. Estas iniciativas no siempre cuentan con respaldo institucional, pero sí revelan una voluntad de transformación desde abajo, desde la práctica concreta, desde quienes habitan el costado menos visible de la escena.

También hay trayectorias individuales que se han abierto paso sorteando obstáculos: técnicos que se han especializado por su cuenta, que han desarrollado un lenguaje reconocible, que son convocados por su mirada singular. Son historias que muestran que la creación técnica es posible, incluso en condiciones adversas. Pero también evidencian la excepción: lo que debería ser una posibilidad colectiva se vuelve una ruta solitaria. Estos caminos, valiosos y admirables, no alcanzan por sí solos a modificar el sistema. ¿Qué pasaría si estas experiencias fueran tomadas como modelo en lugar de ser tratadas como rarezas? ¿Y si la técnica dejara de ser la última fase del montaje para convertirse en el inicio del diálogo escénico?

Quizá sea momento de reformular las preguntas que sostenemos sobre la creación escénica. En lugar de preguntarnos cómo visibilizar lo técnico, podríamos empezar por reconocer que siempre ha estado ahí, creando, transformando, afectando el teatro que conocemos. La cuestión, entonces, no es sumar a los técnicos a un relato ya construido, sino desmontar ese relato para que otras formas de hacer y de pensar puedan ocupar su lugar legítimo. Reconocer que la técnica no es una herramienta al servicio de una visión ajena, sino una manera de ver, de sentir y de intervenir el mundo escénico. Y si lo asumimos así, todo cambia: las condiciones, los roles, las decisiones, los procesos.

El teatro del futuro —si queremos que sea más justo, más amplio, más complejo— tendrá que integrar todos los saberes que lo constituyen. No como piezas que se ensamblan al final, sino como lenguajes que se entrelazan desde el inicio. Un montaje no es solo actuación, texto o dirección. Es también iluminación, sonido, montaje, riesgo, estructura, soporte. Y todo eso implica sensibilidad, intuición, criterio estético. Tal vez la pregunta más honesta que podamos hacernos ahora sea: ¿qué escena queremos construir si seguimos hablando del teatro como si ocurriera solo sobre el escenario? Porque sin quienes están detrás, debajo o al costado, no hay teatro. Solo una idea suspendida en el aire, esperando que alguien, en la sombra, la vuelva posible.

NOTA: Este contenido se generó a partir de un proceso mixto entre autoría humana y herramientas de IA. Si quieres saber más sobre cómo se elaboran estas reflexiones y las imágenes que las acompañan, puedes leer la nota completa aquí: [Sobre el proceso creativo →]

Por Carlos López Díaz

Espectador teatral norestense.
Fue promotor cultural en la Universidad Autónoma de Coahuila de 2004 a 2007, formando parte del equipo fundador y organizador del Circo Universitario de las Artes en tres ediciones. Asimismo, desempeñó un papel crucial en el consejo editorial y fue co-fundador de la revista La Ruleta, dedicada a difundir textos de artistas saltillenses.
En 2015, dio vida a Jardín en Llamas (jardinenllamas.com), una plataforma digital de registro teatral donde redacta reseñas, críticas, entrevistas y artículos relacionados con el teatro en Nuevo León. A través de las redes sociales de la plataforma, lleva a cabo entrevistas con creadores del estado, así como sesiones de la "Escuela de Espectadores de Teatro", ofreciendo herramientas a los espectadores de teatro, y del "Encuentro Crítico", un espacio de reflexión derivado del Encuentro Estatal de Teatro.
Ha ejercido como moderador en el Primer Congreso Estatal de Teatro en Nuevo León y como ponente en las Jornadas de Reflexión rumbo al Segundo Congreso Estatal de Teatro. Desde 2022, es miembro del padrón artístico de la disciplina de Teatro del Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León (CONARTE).
Adicionalmente, ha contribuido con artículos, reseñas y críticas teatrales a nivel nacional en sitios web como Revista Levadura, Norteatro y Aplaudir de Pie.
Su formación incluye cursos y talleres de escritura impartidos por Julián Herbert, Vidal Medina, Gerardo López Moya, Óscar David López, Ximena Peredo y Rosa Esther Juárez. También ha participado en cursos sobre crítica y apreciación teatral con Nara Mansur, Celia Dosio, Elvira Popova, Coral Aguirre, Ana Laura Santamaria, Luz Emilia Aguilar Zínser, Ilona Goyeneche, José Luis García Barrientos, Zavel Castro y Javier Ibacache.
Fue participante en la Muestra Crítica durante la 40.ª edición de la Muestra Nacional de Teatro, llevada a cabo en Colima en 2019, así como en la Muestra Crítica de la 43.ª edición de la Muestra Nacional de Teatro en Guadalajara en 2023.