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Lo acepto: te extrañé

El domingo regresé al teatro. Habían pasado más de 7 meses desde la última vez que entré en un recinto para ver una obra. Desde hace unos años me propuse la meta de ver cuando menos una obra a la semana (siempre y cuando hubiera oferta). Algunas semanas me chutaba un maratón de 3 obras los fines de semana, y ya ni se diga en el Festival de Teatro o el Encuentro Estatal. Se volvió una actividad cotidiana, rutinaria (de las chidas) e incluso (dirían algunxs que me conocen) adictiva.

La pandemia de este año nos alejó de nuestras costumbres y nos obligó a encerrarnos en nuestras casas teniendo las pantallas digitales como únicas ventanas al mundo. Al principio fue algo sencillo; “en casa hay todo lo que necesito”, me dije. Inocente pobre amigo. Creo que fue como al segundo mes que encontré en Youtube un video de una obra en la Sala Experimental y me entró la nostalgia. Prepararme con tiempo para saber qué día era la función, preparar mi mochila con la cámara y un libro para aminorar la espera, llegar una media hora antes, hacer fila junto la pared de cristal, saludar a una que otra persona conocida, soportar el sol que se colaba sobre las mamparas, buscar un asiento en primera fila para sacar buenas fotos, esperar, escuchar las llamadas, mirar la parrilla de luces (¿qué irán a iluminar con esa luz?), de pronto llega la oscuridad y aparece el jardín en llamas frente a mi.

Como un adicto en abstinencia, durante la pandemia necesitaba tener mis dosis de teatro. Primero encontré alivio en la memoria virtual. Fue una buena oportunidad de conocer, en video, algunas obras que no había podido ver o que ni siquiera tuve la oportunidad de verlas porque no se presentaron en mis tiempos. Pasé del teatro cómico regional al teatro londinense, del Teatro Bárbaro al Teatro Petra, desde lo más performático y social a los melodramas mal dirigidos. Había cosas de mala calidad, que no hacían más que activar los síntomas de la abstinencia. Luego encontré unas joyas que eran perfectos paliativos.

Entonces encontré el “tecnovivio”, las “puestas en pantalla” o como quiera que le vayamos a llamar en unos años a las experiencias escénicas vividas a través de las pantallas. Me regresaron la adrenalina de ver en vivo el funcionamiento de una máquina que busca ser perfecta: el hecho escénico. Necesitaba el hecho de saberme reunido con otrxs humanxs en el mismo tiempo y espacio para escuchar una historia. Y funciona, y es como teatro pero no es “El Teatro”, y es como la televisión pero no es “La Televisión”, y es como el cine pero no es “El Cine”. Esta discusión habrá que dejársela a los teóricos o los historiadores. Por lo pronto son experiencias que hay que vivirlas.

El domingo regresé al teatro. Reviví la experiencia de atravesar la calle Zaragoza en la esquina de Las Alitas. Rodear la Fuente de Neptuno por la parte de atrás para no toparme al vendedor de fotos. Bajar la rampita que conduce a una explanada justo al lado del teatro para aprovechar la sombra de uno de los pocos árboles de la Macroplaza y de paso darle una mirada al cerro. Llegué a la puerta del teatro y me di cuenta que hemos cambiado; no somos los mismos.

Ahora llego con un cubrebocas en la cara y la cámara al hombro. No hay filas de media hora, ni estudiantes sentados en el suelo, ni otros espectadores esperando entrar. Me reciben tres personas que no logro distinguir si lo hacen con alegría, pero los recuerdo como gente que trabaja ahí. Una persona me toma la temperatura, otra me da gel antibacterial y otra más me pregunta si hice mi reservación y me pide mi nombre. Me piden que siga un camino rojo marcado en el suelo. Recorro el camino a las butacas dividido en tres “estaciones” donde otra persona me repetía las indicaciones “siga el camino rojo y no se quite el cubrebocas”. Llego al final y me encuentro con el teatro.

El tiempo no pasó por ahí. Estaban el escenario, la parrilla de luces, las piernas a media luz, los camerinos a lo lejos e iluminados, el staff en un discreto apuro ultimando detalles y unas sillas vacías esperando ser ocupadas. Tomo mi lugar y ahora el vacío es mi compañero de butaca. La nostalgia regresó y no sé identificar si me sentía ansioso, contento o con miedo. ¿Y si las cosas no vuelven a ser como antes? ¿y si perdí la práctica de verlo? ¿y si este es el último lugar en el que voy a estar vivo?

Llega entonces la primera llamada. A mi vecino de la fila de atrás le piden que se mueva un poco a su izquierda porque se atraviesa en la cámara. ¿Entonces mis compañerxs de butaca ahora son virtuales? Preparo mi cámara, ensayo algunas tomas. Segunda llamada. Apago mi celular y empieza a llegar público (¿a estas horas?). Estos siempre son los minutos de mayor ansiedad: ya quiero que pasen pero a la vez no. ¿Estaremos todos preparados para volver? Tercera llamada.

El domingo regresé al teatro. Lo acepto: te extrañé.

Por Carlos López Díaz

Espectador norestense interesado en el quehacer teatral regiomontano. En 2015 lanza al internet el blog Jardín en Llamas, en el cual escribe sobre el teatro que se hace en Monterrey. Ama las tramas más que los desenlaces.

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