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La última palmada

Para muchos, los primeros héroes que tenemos en la vida son nuestros padres. Sin trajes especiales, capas voladoras ni antifaces, son las primeras personas a las que vemos con súperpoderes: están despiertos antes que nosotros, hacen magia en la cocina o incluso nos pueden teletransportar a otros lugares. Es por ello que cuando crecemos buscamos, de alguna u otra manera, imitarlos, parecernos a ellos. A veces lo logramos, a veces no.

 

Con la dirección de Josepablo Díaz, Mariana Cañedo interpreta el monólogo “La última palmada”, un texto de Bernardo Barrientos que tiene su origen en la obra corta “Las tres palmadas”. En esta historia, un hombre nos cuenta su aventura para cumplir su máximo sueño: ser un réferi de lucha libre, como su papá.

 

 

Es así como nos vamos enterando poco a poco de cómo él veía a su papá, de la primera oportunidad que tuvo para referear, de todo lo que tiene que soportar la máxima autoridad en el ring, que van desde golpes perdidos hasta mentadas de madre. La presencia del padre acompaña al personaje constantemente en sus decisiones, en su vestimenta e incluso en los momentos más trascendentes de la trama.

 

Mariana Cañedo logra borrar los límites del género al interpretar a un personaje masculino, sin necesidad de caricaturizarlo e incluso sin tener que hacer alguna caracterización física. Basta sólo con un pequeño cambio en el acento y el lenguaje propuesto por el autor para que podamos ver en escena a un hombre en busca de lograr su sueño.

 

 

El espacio escénico nos plantea lo que parece ser un cuarto o el área de vestuarios de una arena de lucha libre. Sin embargo, al momento de distribuirlo en un espacio de dos frentes (con público a los costados) se pierde un poco la noción del lugar y el trazo tiende a volverse repetitivo.

 

Hay que resaltar el uso de algunos elementos que ayudan a contar la narración, como lo son muñequitos de luchadores, máscaras e incluso una participación del público que se vuelve el último gancho con que se involucra al espectador en la obra. Todo siempre en un ambiente de lucha libre.

 

 

En el proceso de convertirnos en nuestros padres-superhéroes debemos de darnos cuenta que jamás lograremos ser como ellos. Aún así, podemos convertirnos en nuestros propios héroes o incluso en los héroes de otros. Sólo así podremos acercanos a igualar a nuestros padres.

 

Carlos López Díaz

Espectador norestense interesado en el quehacer teatral regiomontano. En 2015 lanza al internet el blog Jardín en Llamas, en el cual escribe sobre el teatro que se hace en Monterrey. Ama las tramas más que los desenlaces.