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La chica que se robó la Torre Eiffel

…(Tú sabes cómo te digo que te quiero
cuando digo: “qué calor hace”, “dame agua”,
“¿sabes manejar?”, “se hizo de noche”…Entre las gentes,
a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho “ya es tarde”,
y tú sabías que decía “te quiero”.)

Espero curarme de tí – Jaime Sabines

Las palabras no siempre son necesarias. Basta una mirada cómplice, un sueño en el mar, una mano sirviendo vino tinto para poder decir te quiero. Bastan las estrellas, una conexión intergaláctica y miradas a la misma luna. Basta un beso travieso, tres notas de una canción, una visita a París sin salir de casa.

“La chica que se robó la Torre Eiffel”, propuesta escénica del grupo regiomontano “La Casa de la Abuela”, tiene como premisa principal el amor sin palabras. Con una escenografía sencilla montada en una sala tipo arena, la obra, creada y dirigida por Jandro Chapa y Luna Flores, nos muestra la historia de amor de Mila (Ana Riojas) y Bruno (Adrian García), dos seres que han decidido dejar a un lado las palabras, sabiendo que los sentimientos no solo se sienten dentro de cada uno, sino que se transmiten en forma directa y sin escalas a su destinatario.

La historia es muy bella, tanto que no merece  ni puede ser contada en este espacio. Describir con palabras el amor entre Mila y Bruno es quitarle su magia. Sin embargo, hay escenas que vale la pena describir, como una pequeña probada del talento de estos jóvenes regios.

En un sueño de Mila, Bruno le prepara una sorpresa mágica. Después de unos ademanes de mago, le regala a Mila un pez. El pez, como el amor, no puede vivir fuera de su ambiente natural. Bruno le tiende una mascada azul a Mila, para que entre con ella al mar.

Mila y Bruno deciden hacer un picnic en París. Nunca salen del departamento de Mila. Ellos saben que sólo se necesitan a ellos, pero se hacen acompañar de vino tinto, mermelada, lunetas y whiskas. Un picnic en París no está completo sin un paseo por la Ciudad Luz. El público se vuelve cómplice del paseo, y se hace presente en los recuerdos del viaje.

Es difícil imaginar una puesta en escena sin un solo diálogo. Normalmente las palabras, las figuras retóricas, la imágenes contenidas en el texto de las obras le da un gran valor a éstas. Por ello, “La chica que se robó la Torre Eiffel” se vale de recursos musicales y danzísticos para añadirle valor a la historia. Instrumentos de cuerda y percusión le dan voz a Mila. La danza contemporánea y el tap le dan voz a Bruno. La obra también cuenta con  banda sonora, integrada por grupos como Oasis, Coldplay, Kinky, La Casa Azul, Tiziano Ferro, entre otros.

Con ejecución casi perfecta, la obra se desarrolla ligeramente. Aunque dura menos de una hora, al salir de ella, uno se siente completamente satisfecho. Es de aplaudirse el esfuerzo por presentar una obra independiente de los apoyos oficiales, así como es importante resaltar la creatividad de todos los involucrados en la creación y montaje de “La Chica que se robó la Torre Eiffel”.

Al final de la obra, Mila y Bruno nos despiden invitándonos a ser parte de su amor,  recordándonos que las palabras a veces no son necesarias.

Carlos López Díaz

Espectador norestense interesado en el quehacer teatral regiomontano. En 2015 lanza al internet el blog Jardín en Llamas, en el cual escribe sobre el teatro que se hace en Monterrey. Ama las tramas más que los desenlaces.