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Kassandra

Una mujer le ofrece al público unos cigarros. “¿Marlboro? ¿Marlboro? Two dollars” La mujer es persistente y ante la negativa de uno se pasa inmediatamente con otro y con otro y con otro hasta que encuentra un comprador, alguien que sin querer estará dispuesto a aceptar escuchar su historia.

 

La mujer es Kassandra, protagonista del monólogo homónimo escrito por el uruguayo Sergio Blanco y dirigido por el colombiano Jorge Hugo Marín. Toda la acción recae en la actriz Ella Becerra, quien interpreta a una Cassandra migrante en Nueva York, quien a duras penas habla el inglés, sólo el necesario para poder comunicarse.

 

La Kassandra que vemos en escena es una reencarnación en tiempo actual de Cassandra, hija de los reyes de Troyaen la Grecia antigua, y a quien los dioses dieron el don de la profecia, pero a la vez la maldijeron con la no persuasión. Nos enfrentamos entonces ante una mujer cuyo destino ha estado marcado por la tragedia que ve venir pero no puede evitar, el silencio no deseado y la imposibilidad de encontrar la felicidad.

 

 

La puesta en escena se vale sólo de tres elementos para contar la historia: una lámpara de alumbrado público, que sitúa el espacio en una calle de una gran ciudad, el cual se convierte en el eje físico sobre el que Kassandra cuenta su historia; un fragmento de una construcción de cemento, que hace las funciones de zona de descanso y que recuerda a la Grecia en ruinas, pero refuerza a la vez la noción de estar en una calle poco deseable; y una actriz que interpreta a una mujer que se dedica a trabajar como prostituta a través de citas telefónicas. Kassandra sigue cumpliendo su destino profético, sabe a lo que se va a enfrentar y no puede hacer algo para evitarlo: la incapacidad de olvidarse de sus amores, la resignación a ser trabajadora sexual y la soledad en un mundo habitado por siete millones de personas.

 

La actuación de Ella Becerra hace que el espectador esté atento a la historia aún y cuando está hablada en un idioma diferente (inglés) al del público (español). Esto a través de su lenguaje corporal, siempre en movimiento, remarcando corporalmente algunas acciones, y por medio de involucrar el público y hacerlo su “amigou”, aquél con quien te puedes abrir para contarle tu historia.

 

 

Esta tragedia contemporánea nos hace reflexionar sobre la tragedia que día a día viven migrantes en diversos lugares del mundo. Ya sea en sus dificultades para comunicarse, que los lleva a sentirse perdidos en un país ajeno; en la resignación a ser considerados como habitantes de segunda o en la melancolía del recuerdo de la familia y los amores que se quedaron en el país de origen.

 

Es precisamente esta melancolía la que permea toda la obra, ya que Kassandra nos cuenta su pasado con la emoción de quien ha vivido mejores tiempos. Incluso nos comparte su gusto por ABBA y por Bugs Bunny (de quien hasta lleva una figura en su bolsillo), quizás como una forma de conectarse con los nuevos “amigous” que ha conocido. Nunca nos menciona alguno de sus sueños o planes a futuro, todo es una referencia al ayer, como si aceptara que el único día que tiene asegurado es el de hoy, como si se resignara a ya no tener futuro. O quizás sólo nos quería decir que el mundo se acababa esa noche, en esa sala, pero ella no iba a poder evitarlo.

Carlos López Díaz

Espectador norestense interesado en el quehacer teatral regiomontano. En 2015 lanza al internet el blog Jardín en Llamas, en el cual escribe sobre el teatro que se hace en Monterrey. Ama las tramas más que los desenlaces.