El gran festín

Hay formas de desigualdad que poco a poco terminan convirtiéndose en espectáculo. El hambre, la precariedad y la exclusión dejan de verse solamente como problemas sociales y comienzan a transformarse en algo que otros observan, administran o consumen desde cierta distancia. En ese proceso, el poder encuentra maneras de mantenerse incluso dentro de escenarios donde todo parece estar deteriorándose.

Presentada por la Compañía de Teatro Experimental de la UANL en el Aula Magna del Colegio Civil de Monterrey, “El gran festín”, adaptación libre de “La orgía” de Enrique Buenaventura, cuenta con dirección escénica e iluminación de Gerardo Valdez y dirección general de Janina Villarreal. El elenco está integrado por Janina Villarreal, Humberto Luna, Grisel Mojica, Jorge Alberto Tamez, Bruno Bocanegra, Camila Montemayor, Ángela Martínez, Sahilí Zamora y Linda Medina Cruz. Dentro del equipo creativo participan Adriana Moreno en vestuario, Ana Rocío Esparza en maquillaje, Carlos Bocanegra en elementos escenográficos y Bruno Bocanegra en el mapa sonoro.

La historia gira alrededor de una mujer que organiza periódicamente un banquete donde personas en situación de calle representan figuras asociadas con antiguas jerarquías sociales. A cambio de comida y dinero, los personajes interpretan militares, figuras religiosas, amantes y personajes aristocráticos mientras intentan mantener una ficción que comienza a romperse conforme avanza la noche. La puesta nunca intenta esconder que todo es una representación. Los cambios físicos, las máscaras y los gestos exagerados recuerdan constantemente que estamos viendo actores actuando frente a otros cuerpos que los observan.

Ese mecanismo resulta importante porque evita convertir la pobreza en una simple historia triste o en una representación “realista” de la marginalidad. Lo que aparece en escena se parece más a un juego incómodo donde la desigualdad termina funcionando como espectáculo. En algunos momentos, los personajes miran directamente al público o hablan sobre él. No buscan hacerlo participar activamente, pero sí hacer visible que la mirada del espectador también forma parte de lo que ocurre. Puede llamar la atención esa sensación extraña de estar viendo una celebración degradada mientras los personajes siguen intentando entretener, obedecer o mantener el juego escénico.

La comedia ocupa un lugar importante dentro de esa experiencia. Varias escenas provocan risa gracias al absurdo, la exageración física y ciertos diálogos cargados de ironía. Sin embargo, el humor nunca borra del todo la precariedad que atraviesa a los personajes. La obra trabaja constantemente con ese choque entre diversión e incomodidad. Quizá algunas personas esperan que una obra sobre pobreza sea seria y solemne todo el tiempo, pero aquí ocurre lo contrario. La risa aparece precisamente porque el festín resulta ridículo, excesivo y cada vez más cruel.

Las actuaciones sostienen bien ese equilibrio. Los intérpretes construyen personajes físicamente desgastados, pero mantienen la energía suficiente para que el juego escénico siga avanzando. El estilo puede parecer raro o incluso exagerado al inicio. Conforme avanza la función, esa forma de actuar comienza a tener sentido dentro de la lógica de la obra. Las voces exageradas, los movimientos repetitivos y los cuerpos tensos hacen sentir que los personajes están atrapados dentro de un juego que nadie controla del todo, pero que aun así todos siguen alimentando.

La música en vivo también participa activamente en esa construcción. No aparece solamente para hacer más “emocionantes” ciertas escenas, sino para marcar ritmos, remarcar acciones y volver todavía más incómodo o extraño lo que sucede en escena. El montaje comienza de manera pausada y después acelera poco a poco hasta llegar a momentos mucho más caóticos. Esa transformación modifica también la experiencia del espectador: lo que inicia como una situación rara termina convirtiéndose en una acumulación de ruidos, tensiones e imágenes difíciles de ignorar.

“El gran festín” pide cierta disposición para convivir con la exageración, el símbolo y la incomodidad. No explica todas sus ideas de manera directa ni organiza cada escena para que resulte completamente clara desde el primer momento. La obra cambia constantemente de registro: a veces parece una ceremonia absurda, después una comedia incómoda y luego una celebración que empieza a volverse cruel. Algunas personas pueden sentirse desconcertadas frente a esos cambios. Otras quizá encuentren ahí uno de los aspectos más interesantes de la puesta: la posibilidad de mirar cómo el poder necesita convertir la crisis y la precariedad en algo que otros consumen como espectáculo.

En un momento donde gran parte de la vida pública también transforma el sufrimiento ajeno en contenido, entretenimiento o exhibición permanente, “El gran festín” encuentra una conexión inquietante con el presente. La obra muestra personajes que intentan conservar apariencias de orden dentro de un entorno cada vez más deteriorado. Al terminar la función queda la sensación de haber presenciado una celebración agotada que, aun así, sigue repitiéndose frente a quienes todavía decidimos sentarnos a observarla.


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