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Cuando estallan las paredes

 
Latinoamérica es una zona donde se ha vivido una lucha continua contra el poder. Lo vivimos, por ejemplo, durante la colonización europea, las guerras civiles, las dictaduras de los años 70’s y 80’s y, más recientemente, en la lucha entre los gobiernos y los grupos de crimen organizado. El impacto social de este fenómeno se ha visto reflejado en el arte, aprovechando la capacidad expositiva de éste para mostrar y denunciar ese lado oscuro del ser humano.

 

“Cuando estallan las paredes” es una obra escrita y dirigida por Fabio Rubiano, la cual inauguró la edición número 20 del Festival de Teatro Nuevo León. La puesta es coproducida por el Teatro Jorge Eliécer Gaitán y la compañía Teatro Petra, ambos de Colombia, y cuenta con las actuaciones de Jimena Durán, Liliana Escobar, Jonatan Cabrera, Jacques Toukhmanian, Ana María Cuéllar, Mónica Giraldo, Mauricio Santos, Santiago Londoño y Anderson Balsero.

 


 
La obra gira alrededor de un atentado a la familia de un ministro político y nos muestra los puntos de vista tanto de los victimarios como de las víctimas. Por un lado tenemos a un grupo de terroristas que exploran diversos planes para matar ya sea al ministro o a toda su familia. Ya sea dejarle un paquete explosivo, infiltrarse en la familia para debilitarla y atacar desde dentro o hasta hacer estallar el auto familiar.
 
Por el otro lado conocemos la historia de la familia, que se asume de clase acomodada, lo que hace ver a los demás como inferiores, y que aparentan ser un modelo a seguir. Sin embargo, puertas adentro sus integrantes son totalmente disfuncionales consigo mismos y con la familia: una madre alcohólica y drogadicta que tiene como amante a su psiquiatra, una hija con problemas de anorexia y que ya fue víctima de un atentado contra su padre, un hijo homosexual que parece querer romper con los esquemas, pero es incapaz de actuar y un patriarca que tiene todo bajo su control, incluyendo las incapacidades de su familia.
 
Al enfrentar estas dos historias, surge el tema del poder y el uso del terror, en cualquiera de sus escalas, para mantenerlo. Dentro de la familia está el miedo constante de ser atacados ya sea por su propia familia o por alguien externo. Dentro de los terroristas, el miedo es a fallar, a dañar a inocentes e incluso a perder la vida misma. Entre los dos grupos existe la amenaza de hacer daño el uno al otro, ya sea por poder o por venganza.

 


 
El texto transita por diversos tiempos y formas de contar la historia. En un momento los terroristas nos narran lo que está por suceder, mientras la familia ilustra la historia. En otro, la familia nos cuenta cómo cada quien llegó al momento previo al atentado. En uno más vemos una acción en presente donde el patriarca realiza una venganza. Esta (des)estructura del texto pudiera parecer caótica, sin embargo convierte a las escenas en una especie de piezas de rompecabezas que el espectador irá colocando para armar su propia versión de la historia.
 
Rubiano hace uso del absurdo y la metáfora para llevar a cabo el montaje. En una de las escenas, el patriarca presume a sus perros, fieles escuderos que están dispuestos a hacer todo por lo que su amo les diga. Los perros son interpretados por dos de los actores: uno que a la vez interpreta el papel de la sirvienta de la casa y otro que interpreta al líder de los terroristas. Su lenguaje corporal remite al de un can, sin embargo algunas acciones remiten a un humano. Los perros no son solamente una mascota de ataque, sino también son todos a los que el patriarca puede manejar a su antojo, desde sus propios empleados hasta sus mismos adversarios.
 

 
Hay una referencia clara hacia la situación de violencia que por muchos años se vivió en Colombia a raíz de la lucha del gobierno contra los cárteles de la droga. Desde los atentados a autoridades gubernamentales, hasta el cese al fuego unilateral con el objetivo de “buscar la paz”. Aquí Rubiano plantea diversos cuestionamientos: ¿a quién le interesa el terror para desestabilizar? ¿al gobierno o a los rebeldes? ¿puede la paz usarse como un arma contra el poder? ¿se puede enfrentar al poder sin armas?
 
México y Colombia vivimos, respectivamente, los daños colaterales de las guerras contra el narcotráfico. La lucha tanto por el poder político como por el poder económico que representa el negocio de las drogas, ha dejado no solamente miles de muertes y desapariciones, sino que también sembró la semilla del terror en la población. Se mira con recelo al vecino, se habla lo mínimo con el taxista, se amuralla la colonia para que no entre nadie más que sus habitantes. Traemos el terror en las entrañas ¿cómo lo sacamos?. Quizás el arte, y específicamente el teatro pueda ayudar a dispersarlo. La capacidad de convivio del teatro, el acto de juntarnos a escuchar historias y empatizar (o no) con ellas, nos puede devolver un poquito de paz.

Carlos López Díaz

Espectador norestense interesado en el quehacer teatral regiomontano. En 2015 lanza al internet el blog Jardín en Llamas, en el cual escribe sobre el teatro que se hace en Monterrey. Ama las tramas más que los desenlaces.