La crítica como práctica en extinción: cuando las obras no son comentadas ni discutidas

¿Qué queda de una obra después del aplauso? En el teatro de Monterrey, esta pregunta me persigue cada vez que salgo de una función. Las luces se apagan, el público se dispersa en silencio y yo me quedo ahí, con esa sensación extraña de haber vivido algo intenso que simplemente se evapora en el aire. Es como si las obras nacieran para morir en el mismo momento del aplauso final.

Esto no pasó de la noche a la mañana, sino que fue una erosión lenta y constante. Hubo un tiempo cuando había críticxs escribiendo en los periódicos locales, programas de radio donde se discutía teatro, profesorxs universitarios que publicaban reflexiones sobre las obras que veían los fines de semana. Gente que no solo daba su opinión personal, sino que construía una conversación más amplia sobre lo que estaba pasando en nuestra escena teatral. Hoy, lo poco que sobrevive se dispersa en blogs personales olvidados, posts de Facebook que se pierden entre fotos de comida y memes, publicaciones de Instagram que duran 24 horas. Me pregunto constantemente: ¿qué le pasa a una ciudad cuando deja de hablar de su propio teatro?

Sin crítica, las obras se convierten en fantasmas que pasan brevemente por nuestras vidas sin dejar huella real. Se produce con esfuerzo, se presenta con ilusión, se retira en silencio. Nadie las conecta con otras obras, nadie se pregunta qué significan en el contexto más amplio, nadie las inscribe en una conversación cultural que trascienda el momento inmediato. Consumimos teatro como quien consume entretenimiento desechable, sin procesarlo, sin masticarlo, sin permitir que nos transforme realmente. Y si el teatro no se piensa colectivamente, ¿cómo puede evolucionar?, ¿cómo puede desafiar nuestro tiempo?, ¿cómo puede generar cambios más allá de la catarsis momentánea?

Para lxs artistas, esta falta de diálogo crítico debe ser profundamente frustrante y desalentadora. Imagínate crear algo con toda tu energía vital, invertir meses de trabajo, abrir tu alma en el escenario, y que después simplemente nadie tenga nada sustancial que decir al respecto. No me refiero a elogios en redes sociales o palmaditas condescendientes en la espalda, sino a alguien que realmente se tome el tiempo de entender lo que trataste de comunicar, que dialogue con tu propuesta, que te devuelva una mirada externa y compleja. La crítica, cuando funciona genuinamente, no solo ayuda al público a procesar lo que experimentó; también le ofrece a lxs creadorxs escénicos perspectivas que pueden hacerlx crecer, resistencias productivas, preguntas que no se había formulado.

La ausencia de crítica también destruye nuestra posibilidad de construir memoria colectiva. El teatro es efímero por naturaleza, pero el pensamiento crítico lo convierte en algo que trasciende el momento fugaz de la representación. Es lo que permite que una obra dialogue con otras del pasado y del futuro, que identifiquemos patrones estéticos, evoluciones discursivas, rupturas generacionales. Cuando las obras desaparecen sin dejar registro reflexivo, perdemos la oportunidad de entender nuestra propia historia teatral, de construir genealogías creativas, de ver hacia dónde nos dirigimos como escena. Vivimos en un eterno presente sin pasado que nos sostenga ni futuro que nos oriente.

Este silenciamiento no es completamente involuntario ni accidental. Parte del problema es que la crítica se ha vuelto sinónimo de “juicio destructivo” en el imaginario colectivo del gremio teatral. Como si criticar fuera automáticamente sinónimo de atacar o demoler. Los artistas la perciben como amenaza antes que como acompañamiento, y esto genera un ambiente de desconfianza mutua. A esta tensión se suma la precarización brutal de los oficios críticos: los espacios de publicación desaparecen, nadie paga por escribir crítica teatral, las instituciones no reconocen su valor como parte fundamental del ecosistema cultural. Así que dedicarse a la crítica se convierte en una especie de acto de amor no correspondido, en una práctica que exige convicción personal y resistencia económica.

Pero no todo está perdido, he sido testigo de iniciativas en otros estados del país que buscan recuperar algo del espíritu crítico perdido. Conversatorios después de las funciones donde público y creadores intercambian impresiones, compañías que abren sus procesos creativos al diálogo con espectadores, jóvenes que escriben sobre teatro en sus propias plataformas digitales, talleres de análisis escénico que se multiplican en universidades y centros culturales. Son esfuerzos pequeños pero significativos que demuestran que la necesidad de hablar sobre teatro sigue latiendo bajo la superficie del silencio. La pregunta urgente es si estos intentos aislados pueden replicarse en Mnoterrey y a la vez articularse en una cultura crítica más amplia y sostenida.

Lo que realmente necesitamos no son más reseñas superficiales, calificaciones con estrellitas o veredictos autoritarios desde pedestales académicos. Necesitamos recuperar la crítica como una forma genuina de acompañar al teatro, no de juzgarlo desde una supuesta superioridad intelectual. Una crítica que se haga preguntas junto con la obra, que explore posibilidades interpretativas, que admita sus propias limitaciones y dudas. Una crítica ejercida por gente que realmente ama el teatro y quiere verlo crecer, no por quienes buscan demostrar su erudición o ejercer poder simbólico sobre lxs creadorxs. ¿Será posible construir esa cultura crítica desde cero, con paciencia y cuidado mutuo?

La clave está en democratizar la práctica crítica, en entender que no es patrimonio exclusivo de expertos con títulos universitarios o trayectorias académicas impecables. Cualquier persona que vea teatro con atención genuina y tenga algo auténtico que decir puede aportar valiosas perspectivas a esta conversación colectiva. Lo importante no es tener siempre la interpretación correcta o la respuesta definitiva, sino formular preguntas inteligentes y compartir impresiones honestas. Esas preguntas reveladoras pueden venir de una estudiante de preparatoria, de un actor experimentado, de alguien que nunca había pisado un teatro, de una abuela que ama las artes escénicas. La diversidad de voces y sensibilidades enriquece exponencialmente la conversación, la vuelve más compleja y nutritiva.

También necesitamos reinventar radicalmente los formatos desde los cuales ejercemos la crítica teatral. ¿Por qué tiene que ser siempre un texto largo, formal y publicado en medios tradicionales? Podría tomar la forma de podcasts conversacionales de quince minutos, series de stories reflexivas, conversaciones grabadas entre dos espectadores conmovidos, intervenciones poéticas que respondan a las obras, bitácoras íntimas que procesen la experiencia escénica. Lo crucial es mantener viva la conversación, encontrar formas creativas y accesibles de hablar sobre lo que nos emociona, nos confunde, nos transforma o nos incomoda cuando entramos en contacto con el teatro. La crítica debe adaptarse a los tiempos sin perder profundidad ni rigor.

Hay algo profundamente paradójico en nuestra situación actual. Nunca habíamos tenido tantas herramientas de comunicación instantánea, tantas plataformas para expresarnos, tantas posibilidades de conexión, y sin embargo hablamos cada vez menos de teatro de manera sustantiva. Tal vez el problema no radica en la falta de canales o tecnologías, sino en la ausencia de tiempo para la reflexión pausada, en la pérdida de capacidad para la escucha profunda, en la velocidad enloquecedora que nos impide detenernos a pensar realmente en lo que experimentamos. Vivimos tan acelerados, tan bombardeados de estímulos, que preferimos darle like mecánicamente a algo en lugar de sentarnos a procesar qué nos provocó en realidad.

En este contexto cultural adverso, dedicar tiempo y energía mental a escribir reflexivamente sobre teatro se convierte casi en un acto de resistencia política. Resistencia contra el olvido sistemático, contra la superficialidad imperante, contra la soledad existencial de crear sin ser escuchado con atención. ¿Qué se necesita entonces para sostener esa resistencia cotidiana? Tal vez no grandes estructuras institucionales ni presupuestos millonarios, sino pequeñas alianzas afectivas y gestos cotidianos de cuidado mutuo. Alguien que se toma el tiempo de escribir honestamente sobre la obra de unx artista escénicx.La persona que ve una obra y se queda a conversar después de la función en lugar de salir corriendo. Un estudiante que comparte sus reflexiones teatrales sin miedo al ridículo académico.

La crítica, entendida desde esta perspectiva más humana, no es un ejercicio de poder intelectual o demostración de superioridad cultural, sino una práctica genuina de cuidado colectivo hacia el teatro que amamos. Cuidar el teatro significa tomarse en serio lo que provoca en nuestros cuerpos y mentes, lo que remueve en nuestras emociones, lo que agita en nuestro entendimiento del mundo. Es construir puentes sensibles entre las obras y la vida cotidiana, entre los artistas y los públicos diversos, entre el presente fugaz y el futuro posible. Es atreverse a decir con honestidad: “esto me conmovió profundamente”, “esto me incomodó de maneras que no logro explicar”, “esto no lo entiendo completamente pero me parece urgente y necesario”.

Al final del día, si no hablamos reflexivamente de lo que hacemos juntos en el teatro, ¿cómo vamos a saber si realmente vale la pena el esfuerzo?, ¿cómo vamos a entender si estamos construyendo algo significativo como comunidad o solo pasando el tiempo de manera intrascendente? Recuperar la crítica es, fundamentalmente, recuperar la posibilidad de un diálogo genuino y sostenido sobre el teatro que tenemos hoy y el teatro que queremos construir mañana. Y en esa conversación honesta, diversa, sin dueños autoritarios, el teatro encuentra su eco más profundo y duradero, su capacidad real de transformación social.