Arriba

Contra el progreso

Hablar de progreso normalmente está relacionado con mejora, bienestar, superación. Se nos ha vendido la idea de que al progresar nos convertiremos en una mejor nación, una mejor sociedad, unas mejores personas. Sin embargo, parece que la gran idea del avance se ha convertido en una pesada nube que tenemos que cargar.

 

De la mano del dramaturgo catalán Esteve Soler, el director Carlos Piñón presenta la obra “Contra el progreso”, la cual recibió el apoyo de Puestas en Escena CONARTE 2017. El montaje cuenta con las actuaciones de Juan Luna Maldonado, Ximena Villarreal, Claudio Moreno, Patricia Loya, Eva Tamez,  Joe Brandon y la aparición especial de Mayra Vargas.

 

 

La puesta se conforma de seis escenas que parten de la cotidianeidad de dos personajes, mostrándonos la decadencia tanto de las relaciones de uno a uno, como de la sociedad misma. Todo esto cargado con unas buenas dosis de humor ácido, satírico y hasta negro. Así, nos encontraremos con el aburrimiento de la rutina, la indiferencia ante los otros, la burocratización del amor, la comercialización de la fe y hasta una sorpresa postapoclíptica con un guiño a una canción de Mecano.

 

El espacio diseñado por Mauricio Arizona se encuentra desprovisto de escenografía y consiste solamente en 6 sillas blancas sobre un gran tapete de plástico color rojo. Además, en una de las escenas, aprovecha la estructura del techo de la Sala Experimental como un elemento más del espacio con lo que, junto con un buen diseño de iluminación, logra una atmósfera adecuada para la temática de la obra.

 

 

La propuesta de Carlos Piñón empata muy bien con la ironía de la decadencia provocada por el progreso. Los personajes usan un vestuario idéntico e incluso tienen un peinado similar, convirtiendolos en seres uniformados, como sacados del mismo lote de la fábrica. Los actores están en todo momento sobre el escenario, ya sea al frente, escenificando la escena corresponiente, o en la parte posterior, sentados en una silla y armando unos muñecos de plástico. Los movimientos corporales de aquellos que están sentados son mecánicos, como si estuvieran programados para ellos, siguiendo órdenes del capataz de la fábrica.

 

En cambio, los actores que están al frente intentan realizar la escenas con naturalidad, sin embargo en ocasiones parece que sus movimientos son igualmente mecánicos, repitiendo lo que el director les programó. Adicionalmente, la obra no mantiene un ritmo constante, lo que provoca que algunas de las situaciones que debieran de ser cómicas, pasan desapercibidas por el público y algunas otras se extienden de más, tornándose aburridas.

 

 

Monterrey es una ciudad que se jacta de tener al progreso como una de sus banderas. Ha visto nacer a empresarios dueños de grandes corporaciones a nivel mundial, tiene a un lado al municipio más rico del país y un equipo de futbol hasta ya construyó “el estadio más hermoso del mundo”. Sin embargo el progreso parece estar destinado sólo a un sector de la población, a expensas de una gran cantidad de habitantes que tienen que padecer los efectos de una ciudad desordenada, de un estilo de vida basado en la cultura del trabajo y hasta del maltrato intelectual por parte de los medios de comunicación.

 

Es por ello que obras como “Contra el progreso” son importantes para la localidad, porque es a través del humor y la crudeza que se pueden llegar a abrir algunas conciencias sobre lo que sucede en la ciudad. De otra forma quizás nos estemos condenando a ser víctimas de un contraprogreso y, en una de esas, terminar siendo colonizados por una raza superior, aunque no sea humana.

Carlos López Díaz

Espectador norestense interesado en el quehacer teatral regiomontano. En 2015 lanza al internet el blog Jardín en Llamas, en el cual escribe sobre el teatro que se hace en Monterrey. Ama las tramas más que los desenlaces.