Borrados

En el norte de México, y en particular en el imaginario regiomontano, la referencia a los pueblos nómadas anteriores a la conquista aparece con poca frecuencia, con menos arraigo simbólico que el que otras regiones del país conservan respecto de sus propios linajes indígenas. Desde ahí, la puesta en escena Borrados encuentra su pertinencia y activa una memoria histórica regional poco trabajada en la escena al ponerla en relación con el territorio, con sus materiales y con las formas de vida que ese entorno produjo.

Presentada el sábado 14 de marzo en el Teatro del Centro de las Artes de Parque Fundidora, como parte de la convocatoria Puestas en Escena CONARTE 2025, Borrados es un proyecto escénico dirigido por Malcom Vargas Parra, con producción de Katian Tijerina Williamson y colaboración de Kooperativa Rayenari. En escena participaron Malcom Vargas Parra, Katian Tijerina, Nydia Prieto Chávez y Cristóbal López Carrera, con diseño sonoro de Gabriel Esparza Montoya. Desde su propio programa, la pieza se define como una investigación sobre el borramiento histórico, simbólico y material de los pueblos nómadas del noreste de México, articulada a partir de cuerpo, palabra, imagen y sonido.

Los pueblos nómadas del noreste de México, (como lo fueron los borrados, rayados, pintos o comecrudos) han sido históricamente más difíciles de rastrear que las culturas del centro y sur del país. Su forma de vida, basada en el desplazamiento constante, dejó menos construcciones permanentes y menos registros visibles. En Nuevo León, sin embargo, existen múltiples sitios donde se han encontrado sus huellas: Boca de Potrerillos en Mina, las cuevas y parajes de Iturbide, Rayones, Parás, García o Lampazos, entre otros. En estos lugares, las marcas en piedra, los petrograbados y los vestigios materiales funcionan como archivos abiertos que dan cuenta de su paso por el territorio.

A diferencia de las sociedades sedentarias, estas comunidades desarrollaron formas de vida estrechamente ligadas a las condiciones del entorno. Su conocimiento del paisaje, de los ciclos naturales y de los materiales disponibles era clave para la subsistencia. Por eso, conocer más sobre estos pueblos implica también replantear la relación entre historia y territorio en la región. No se trata solo de recuperar datos del pasado, sino de reconocer que esas huellas siguen presentes y que su lectura permite ampliar la comprensión de la identidad local más allá de los relatos más difundidos.

La obra plantea desde el inicio una forma contemplativa y fragmentada. No sigue una historia lineal ni se centra en un conflicto, sino que avanza a través de una serie de escenas que reúnen vestigios, cantos, referencias históricas, huellas materiales y acciones performativas para evocar a los pueblos que habitaron este territorio y las creencias que estructuraban su relación con el mundo.  En ese sentido, se acerca al teatro documental y al performance donde el texto funciona como parte de una investigación y como lenguaje poético, y la escena se construye a partir de imágenes que se van sumando y conectando entre sí.

Una de las imágenes más claras en ese sentido aparece al comienzo, cuando dos intérpretes acercan una gran piedra al centro del escenario y empiezan a trabajarla como si buscaran vestigios en su interior. La operación tiene una eficacia inmediata: convierte la escena en un espacio de excavación, sitúa al territorio como archivo y fija desde temprano una relación entre conocimiento, materia y memoria. La memoria aquí no surge como una idea abstracta, sino que emerge de una superficie que exige ser leída, tocada y documentada.

Esa lógica se prolonga en otras secuencias. La danza asociada a los matachines abre un diálogo fértil entre prácticas vivas y restos de una memoria más antigua. El uso de penachos, plumas, carrizo, instrumentos naturales y decorado corporal establece una línea de continuidad material entre celebraciones actuales y formas rituales vinculadas a los pueblos nómadas del noreste. Algo similar ocurre con la construcción en escena de una choza, ya que materializa la relación entre territorio, clima y forma de habitar. La estructura de varas y el recubrimiento con palma y carrizo trasladan a la escena una técnica de construcción vinculada con entornos cálidos, donde la vivienda responde a la necesidad de ventilación y sombra. La pieza encuentra en ese gesto una vía precisa para pensar la historia desde la cultura material y nos muestra lo que implica vivir en un territorio: levantar refugios, elegir materiales, organizar el espacio y traducir las condiciones del clima en formas de vida. 

La iluminación y los recursos escénicos refuerzan esta propuesta. Los recortes de luz guían la mirada y aíslan acciones específicas, de modo que cada escena se percibe como una imagen clara. El uso de cámara y proyección amplía el carácter documental del montaje y nos permiten comprender que mirar, registrar y mostrar forman parte del mismo proceso. Estos elementos están bien integrados porque acompañan la lógica de investigación de la obra y le sirven como herramientas para observar y entender lo que ocurre en escena.

La estructura contemplativa exige al público asumir otra forma de atención. Algunos pasajes textuales son extensos y el desarrollo renuncia al suspenso dramático como motor principal. Aun así, ese ritmo es coherente con lo que propone. La obra pide entrar en una convención donde el pensamiento va y viene, se acumula y se conectan pasado y presente. Cuando esa convención se acepta, Borrados deja de ser un recuento histórico y se vuelve una experiencia de escucha y observación sobre aquello que la historia local ha dejado fuera de foco.

Su núcleo temático puede leerse en tres niveles articulados. El primer eje se centra en cómo la obra activa una presencia que ha sido desplazada del relato histórico. Más que ofrecer explicaciones, la pieza insiste en nombrar, enumerar y hacer aparecer rastros: lenguas, grupos, prácticas y huellas que sobreviven de manera fragmentaria. Esta insistencia produce una sensación de acumulación que permite percibir la magnitud de aquello que quedó fuera de los registros oficiales.

El segundo eje articula la relación entre entorno y organización de la vida. A través de acciones concretas como trabajar la piedra, manipular materiales orgánicos o levantar estructuras la escena muestra cómo ciertas prácticas responden directamente a las condiciones del lugar. La obra pone en evidencia que las formas de habitar, desplazarse o resguardarse no son decisiones aisladas, sino respuestas a un territorio específico que define ritmos, recursos y límites.

El tercer eje aborda la distancia entre ese pasado y la identidad contemporánea. La pieza sugiere que esa separación no es natural, sino resultado de procesos de sustitución cultural y de construcción de otros relatos dominantes. Al hacer visibles estos elementos en escena, se abre una tensión entre lo que se reconoce como propio y aquello que ha quedado relegado, lo que permite repensar desde dónde se construye hoy la idea de pertenencia en la región.

En ese sentido, Borrados ocupa un lugar valioso dentro de la escena contemporánea local. Su interés no radica únicamente en el tema que aborda, sino en la forma en que decide abordarlo: mediante una escena que investiga, excava, construye y abre preguntas sobre aquello que una ciudad recuerda y aquello que prefiere dejar sepultado. A partir de estas puesta vale la pena preguntarse: ¿Qué parte de la identidad regional sigue organizada sobre una historia incompleta? ¿Qué otra historia que nos define como territorio no se nos ha contado?


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