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Barbie Girls

Bibi, Chiquis y Nené son tres mujeres en sus treinta, quienes están hartas de haber llegado a esa edad y no haber cumplido todavía sus sueños. Ante su desesperación, deciden que van a asaltar un Sanborn’s como ensayo para convertirse en unas asaltantes de bancos profesionales. Sin embargo sus planes no resultarán como lo planearon. Lo peculiar en ellas es que son mujeres a las que, aparentemente, no les ha faltado nada en la vida: son hijas de políticos y empresarios que van a las mejores escuelas, disfrutan de los mejores antros de la ciudad y que hacen sus compras en Estados Unidos para estar siempre a la moda. ¿Qué las motivaría a asaltar un restaurante?

 

Este es el planteamiento de la obra Barbie Girls, escrita por Mario Cantú Toscano y llevada a escena por el director Aarón Efraín. La puesta se presenta en Foro Arcadia, con las actuaciones de Cristina Alanís, Viridiana Castillo y Lucero Cardoza, quienes interpretan a las barbis.

 

 

La historia suceden de forma casi lineal donde veremos lo que sucede con las protagonistas después del asalto al restaurante. De forma intercalada, aparecen algunos flashbacks y monólogos donde conoceremos el pasado de las barbis y podremos darnos cuenta de las razones que las llevaron a cometer el asalto. El texto fue escrito en 2007, por lo que varios de los flashbacks se ubican a principios de los años noventas cuando las barbis tenían quince años. Para el montaje actual se quiso trasladar la historia a nuestro tiempo, diez años después, sin embargo esta actualización se quedó a medias.

 

Para ubicarla en tiempo actual, la puesta se vale de la utilización de música del último disco de Ariana Grande, de ropa moderna e incluso de referencias a la utilización de dispositivos móviles y redes sociales que no se usaban hace diez años. Si la historia ocurre en este 2017, entonces es a principios de los años dos mil que las barbis tuvieron su adolescencia. Por lo tanto, dejan de ser creíbles referencias a programas de los noventas como la serie Guardianes de la bahía o cantantes como Ricky Springfield, los cuales seguramente una chica treinteañera de la actualidad probablemente no conoció.

 

 

La escenografía se compone de tres puertas giratorias blancas ubicadas al fondo del escenario y pegadas una al lado de otra, que en la parte superior tienen pegado el nombre de cada barbi. Dos aristas de madera se juntan en la parte superior de las puertas formando un triángulo y completando lo que pretende ser una casa de muñecas. Al inicio de la obra, cada una de las barbis sale de su respectiva puerta, como si salieran de su propia casa o cuarto. En otra escena de la obra, las puertas simulan ser puertas de los baño de un antro y en otra estantes de una biblioteca. Aún así, el efecto que se quiere producir no resulta efectivo ya que las puertas no giran completamente debido al poco espacio que hay detrás de la escenografía, lo cual dificulta en varias ocasiones que las actrices entren o salgan por ahí. Además, en un intento de hacer sencilla la escenografía, dada la disposición y el color con el que están pintadas, las puertas desde un inicio parecen ser puertas de baño más que puertas de una casa.

 

Hay una intención estética de usar cierta paleta de colores entre la escenografía y el vestuario, basada en los colores de la muñeca Barbie. Para ello las actrices utilizan ropa, zapatos y accesorios a la moda combinando el blanco y el rosa. El uso de estos colores nos remite un poco a este mundo perfecto y maravilloso que representa la muñeca Barbie, donde sólo con ser rubia y bonita se puede ser feliz. En contraste con la obra, que está concebida como una comedia de humor negro donde de la misma forma que vemos a las barbis planeando el asalto a un Sanborn’s o ejecutando el secuestro de un familiar, las vemos platicando sobre si se acostaron con el muchacho más guapo o si se fueron de viaje a Las Vegas.

 

 

La puesta se queda solamente en la parte superficial de la obra, buscando la risa de los espectadores con las anécdotas graciosas de las barbis, pero no agrega elementos para que el espectador, después de reir, pueda tener alguna reflexión sobre lo que está viendo en escena. Por ejemplo, hay una escena donde las barbis cometen un secuestro y ocultan a su víctima en los pasillos de una biblioteca. Vemos sobre el escenario a la víctima, un hombre envuelto en ropas y cobertores baratos y atado de pies y manos. Durante el transcurso de la escena, las barbis se sientan arriba de él y hasta lo patean porque este hombre representa un pasado que ellas no han podido superar. Pero esta víctima parece todo menos una persona. No tiene ni forma de ser humano, ni las dimensiones correctas, e incluso ni parece tener el peso de un adulto pues la barbi más delgada lo arrastra con mucha facilidad. Entonces el espectador en vez de observar a un hombre secuestrado ve a un muñeco de trapo, mal hecho, con ropas que no pertenecen ni a las de su clase social ni a las de sus secuestradoras. Además, el coraje que deberían mostrar la barbi que lo patea se queda en una intención, ya que los pies de ella jamás tocan al secuestrado.

 

Incluso hay una escena en donde se devela uno de los misterios que se plantean a lo largo de la obra, cuya relevación es impactante y nos permite entender por qué las barbis quedaron tan marcadas en su vida. Es un momento que podría ser el más emotivo porque es la única ocasión en que podríamos ver las barbis unidas por un lazo sentimental más que por conveniencia. No obstante esa escena pasa totalmente desapercibida e incluso los personajes no se ven afectados por la noticia. A fin de cuentas, la puesta es un ejemplo de lo que intenta criticar al quedarse en la parte banal de reirte de las desgracias de tres barbis y no ver que detrás de sus acciones hay todo un pasado que no es necesariamente color de rosa.

Carlos López Díaz

Espectador norestense interesado en el quehacer teatral regiomontano. En 2015 lanza al internet el blog Jardín en Llamas, en el cual escribe sobre el teatro que se hace en Monterrey. Ama las tramas más que los desenlaces.